El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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La matinal jornada del día sábado había comenzado como de costumbre. Incluso, se podría decir que este día en particular era para Mikasa como una réplica del viernes, aunque, también era preciso aclarar, que, si bien se encontraba en una situación bastante similar a la del día anterior, en las horas previas se habían suscitado detalles que la habían alterado hasta el punto de pasar la noche en vela y casi acabarse por completo una cajetilla nueva de cigarros.
Estaba claro entonces, que, el viernes, en su gran mayoría, había sido un día tranquilo. Todo había cambiado, sin embargo, posterior a ese fatídico encuentro con Jean Kirstein.
Hoy, en marcado contraste con ayer, donde su mayor preocupación había sido recibir a cierta quisquillosa visita que en este día también se haría presente, estaba sumamente desganada, un tanto ansiosa, mal oliente y de aspecto descuidado. Si ayer su atuendo la hacía sentir como el retrato impreso de un ama de casa en tiempos de conflicto, su apariencia actual parecía extraída directamente de algún artículo que detallara con preocupación los altos números de personas sin hogar que duermen en las duras calles.
Sin embargo, no tenía energías suficientes para cambiar esto, ni siquiera reunía la cuota necesaria para que le importara.
Sus dedos tamborilearon nerviosos sobre el mármol pulido de la encimera, su vista enfocada en un punto fijo, intentando ignorar el desastre que era su cocina como reflejo fiel de su estado de ánimo en ese momento. Lo único que la mantenía en pie era la promesa de entregar las galletas horneadas la tarde anterior a Levi, quien pasaría por ellas en poco tiempo. Él le había dicho que no debía preocuparse ya por ese encargo, que, con las que tenían preparadas, eran suficientes, pero ella había insistido en terminar, más que nada porque su cabeza ansiosa necesitaba concentrarse en una tarea, por mínima que fuese, para distraerse un poco de todos los pensamientos, ideas, sospechas e hipotéticos escenarios que revoloteaban en su mente, devorándola migaja por migaja, como hormigas reunidas alrededor de un terrón de azúcar.
Lo ocurrido con Jean Kirstein, además de otros pequeños inconvenientes menores, sólo había logrado llevarla a casi tocar el borde de la locura, haciendo que todos los engranajes de su cabeza marcharan a todo vapor para encontrar una respuesta a los porqués de su mentira.
¿Por qué acercarse a ella precisamente en un momento tan vulnerable e importante en su vida? ¿por qué bajo un engaño? y ¿por qué había escogido como su coartada, precisamente a la empresa de aquel que llegaría a ayudarla en su gestión y que, con el tiempo, se tornaría en un alguien cercano a ella?
¿Mala suerte?
Era probable, aunque también podría ser posible que se tratara de un esquema a mayor escala, uno muy específico y con, quizás, demasiada planificación de por medio, pero, nuevamente, ¿por qué razón?
Eran tantas preguntas y ninguna respuesta lo que hacía que su cabeza palpitara de dolor, mientras que, la urgencia de encender otro cilindro de tabaco contraía su mano de manera repetitiva.