Capítulo XLI (parte dos)

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La puerta del cuarto se cerró con más fuerza de la necesaria tras la espalda de Mikasa, quien se recostó contra ella como si pudiera detener la marejada de pensamientos que la asediaban, empujando su cuerpo hacia abajo lentamente hasta que sus pie...

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La puerta del cuarto se cerró con más fuerza de la necesaria tras la espalda de Mikasa, quien se recostó contra ella como si pudiera detener la marejada de pensamientos que la asediaban, empujando su cuerpo hacia abajo lentamente hasta que sus piernas descansaron lánguidas en el suelo. Con los ojos cerrados y la respiración agitada, se reprendió severamente.

«Ridícula, completamente ridícula.»

El eco de sus propios reproches resonaba en su mente mientras sentía las palpitaciones en el pecho, fuertes y constantes, como si cada latido la acusara. Era absurdo, ilógico, e incluso preocupante. ¿Qué estaba pasando con ella? Ni siquiera sabía desde cuándo exactamente había comenzado esta serie de reacciones.

Casi soltó una risa amarga al imaginarse a sí misma junto a Levi en la sala de emergencias. Él sentado a su lado con una mano en el pecho y su mirada típica de desaprobación, y ella intentando explicar que, contrario a él que podía culpar sus dolencias a sus malos hábitos y descuidos, el corazón de Mikasa parecía haber decidido por cuenta propia, participar en un maratón emocional sin previo aviso. Aunque, si se ponía más introspectiva, explicar la causa era en realidad tarea fácil. Una causa específica, nombre incluído.

Levi.

Tal vez el problema no estaba en su corazón, sino en su cabeza.

La revelación no era nueva, pero la incomodidad que le causaba seguía siendo igual de intensa. ¿Por qué estaba actuando así, de repente? ¿Por qué su mente se enfocaba tanto en él? Buscó una respuesta que pudiera calmarla, algo lógico y razonable.

«Seguramente es porque la semana pasada estuvo ausente», se dijo, intentando racionalizar. Había pasado días sin saber nada de él, y ahora que estaba cerca, su mente probablemente se estaba enfocando en eso, nada más que su presencia.

«Eso tiene que ser. Es normal... hasta cierto punto,» pensó, obligándose a respirar profundamente. «Sólo tengo que calmarme y comportarme como una persona normal.»

Normal.

La palabra se repitió en su mente como una constante. ¿Qué era realmente ser normal? ¿Fingir que nada pasaba? ¿Forzarse a ignorar lo que sentía?

Porque, si era sincera consigo misma, eso era lo que llevaba haciendo todo el día... o varios días, a decir verdad. Actuar como si todo estuviera en su lugar, como si su presencia no la afectara más de lo que debería. Como si no hubiera sentido esa punzada de extrañeza la semana pasada, cuando él se fue sin avisar, o ese alivio irracional al verlo otra vez esta mañana, o el caos silencioso que se desató en su pecho con la maldita canción de Sinatra.

No, eso no era normal.

Llevó una mano a su frente, exhalando con frustración. Tenía que detener esto antes de que se convirtiera en algo más complicado de lo que ya era. No podía permitirse perder la perspectiva, y mucho menos permitirse pensamientos que no llevaban a ninguna parte.

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