El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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La mañana del domingo irrumpió en la habitación de Mikasa a través de las rendijas de la cortina. Despertó con la boca seca, una presión sorda en la cabeza y la sensación de haber respirado polvo toda la noche.
Estaba siendo afectada por una resaca menor, pensó, el saldo inevitable de las copas de vino compartidas con sus amigas la noche anterior. Nada grave, pero suficiente para recordarle que su cuerpo ya no toleraba los excesos como antes; aunque, si lo pensaba con calma, ni en sus años de lozana juventud había sido tan tolerante a ese tipo de situaciones. Ni siquiera había bebido tanto anoche. Quizás simplemente se trataba de una protesta de parte de su propio subconsciente, por haberse relajado, por haber soltado el control aunque fuera por unas horas.
Mikasa se llevó una mano a la frente, a donde esa incómoda congestión se había expandido desde sus sienes, presionando suavemente con los dedos extendidos, como si eso pudiera aliviar el malestar.
Se levantó con cautela, tambaleándose un poco, y salió de la habitación en busca de agua. Pero lo que encontró primero fue el caos: la sala del apartamento estaba hecha un desastre, testigo silencioso de otra noche agitada, esta vez por parte de su prometido. El desorden —botellas vacías, platos sucios, colillas de cigarro regadas por todos lados—, junto al aire viciado, le revolvió el estómago. Por un instante pensó en volver a encerrarse en su cuarto hasta que todo desapareciera.
Entonces escuchó una voz.
—No te preocupes por la limpieza. En cuanto termine esto, yo me encargo —dijo Eren desde la cocina, sin apartar la vista de su computadora portátil.
Estaba de espaldas a ella, el cabello recogido en una coleta desordenada, con los audífonos colgando del cuello como si acabara de quitárselos. Su voz sonaba neutral, casi distraída, como si la estuviera saludando a través de una pantalla en lugar de en persona. Por la postura relajada y la rapidez de sus dedos, Mikasa supuso que jugaba algo. No le sorprendía. Tampoco le molestaba... al menos no del todo.
—Ok —murmuró ella, llevándose una mano a los ojos para protegerse de la luz blanca que caía directa sobre tan mundano caos.
Caminó hacia la cocina sin hacer ruido, abriendo cajones con movimientos lentos y perezosos, como si temiera que cualquier sonido demasiado agudo fuera a romperle algo por dentro. Encontró pan —un par de rebanadas secas, pero aún comestibles— y puso una en la tostadora. Luego se detuvo frente a la estufa, observando cómo el agua empezaba a calentarse en la tetera. Necesitaba té. Algo caliente que la ayudara a recuperarse.
Mientras esperaba, le lanzó una mirada de soslayo a Eren. Seguía escribiendo con rapidez, los hombros tensos, las cejas fruncidas, concentrado en su mundo. ¿Tan inmersivo era lo que jugaba para que no pudiera apartar la vista del ordenador? Mikasa sacudió su cabeza adolorida y se obligó a no pensar demasiado en ello. El simple hecho de que él estuviera allí, tan enfocado en algo a esa hora de la mañana y peor aún, tan dispuesto a limpiar su desorden, ya rompía con sus costumbres. Más aún con ella siendo la que llevaba una resaca que hacía que todo su cerebro palpitara en sincronía con su propio pulso.