Capítulo XXXV

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Cuando finalmente sintió los rayos del sol entrando intempestivos por la ventana de su dormitorio, Mikasa abrió los ojos y estiró sus brazos

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Cuando finalmente sintió los rayos del sol entrando intempestivos por la ventana de su dormitorio, Mikasa abrió los ojos y estiró sus brazos. Había pasado suficiente tiempo desde que se había sentido tan descansada.

Una sonrisa se esbozó en sus labios al inhalar el dulce aroma de la mezcla de harina, huevos y leche, cocinándose sobre una ligera cama de mantequilla en un sartén en la cocina. El olor evocaba recuerdos de su infancia, de esos días felices compartidos al lado de su familia.

Sin embargo, su sentido de alarma se activó cuando la agradable esencia se transformó en notas ahumadas, agriándose hasta percibirse como si algo se estuviera quemando.

De un salto, Mikasa salió de la cama, sus pies descalzos tocando el suelo frío mientras avanzaba rápidamente por el pasillo. Su corazón latía con fuerza, impulsado tanto por la preocupación como por la prisa. Al llegar a la cocina, encontró a un atribulado Jörg, batallando con la sartén, la cual humeaba de manera alarmante, y una espátula, con el ceño fruncido y la mirada perdida.

—¡Papá! —exclamó Mikasa, avanzando para tomar el control de la situación.

Jörg levantó la vista y la observó fijamente, sus ojos mostraban una mezcla de confusión y frustración. —¿Mikasa? —dijo, nombrándola como si hiciese una pregunta, como si hubiese olvidado que ella se encontraba ahí.

—¿Sí? —respondió ella, ajena a la salud mental de su padre, mientras se dedicaba a retirar el sartén del fuego y apagar la hornilla, moviéndose también para disipar con las manos el humo que amenazaba con activar las alarmas e irrigadores dispuestos a lo largo de todo el departamento.

Agitando su cabeza con fiereza, Jörg retrocedió, todavía con la espátula en la mano, hasta sentarse en una de las sillas del desayunador. —Lo siento, sólo me... me distraje por un segundo y se quemó. Todo pasó tan rápido, —musitó asustado, en un todo casi infantil.

Mikasa, todavía ocupada con la tarea de hacer desaparecer del humo, caminó hacia la ventana circular que adornaba su sala y la abrió hasta donde esta le permitía, dejando que entrara el aire fresco de la mañana.

—No te preocupes, papá, —le dijo, observando un tanto consternada las manos temblorosas de su padre y la expresión de derrota en su rostro. —A todos se nos quema la comida de vez en cuando, —afirmó con dulzura. —¿Te lastimaste? —preguntó, mientras intentaba evaluar si los movimientos de sus manos se debían a alguna quemadura que pudiera haber sido infligida en medio del caos.

Él desestimó de inmediato, percatándose de que aún sostenía con fuerza la espátula. —No, —dijo, colocando indignado el artefacto sobre la mesa. —Lo único que eché a perder fue tu desayuno, —rezongó, finalmente volviendo a la normalidad. Un cambio que, para Mikasa, pasó desapercibido. Sólo él era consciente de las fallas dentro de su propia cabeza.

—Eso no es cierto, —habló ella mientras caminaba hacia él. Luego de dar un rápido vistazo a lo que había en la cocina, le dijo sonriente: —Tenemos todos los ingredientes para volver a empezar, ¿qué te parece si por hoy, me dejas ponerme el gorro de sous-chef y ayudarte un poco? —sugirió, intentando animarlo.

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