El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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Cuando finalmente llegó al departamento de Eren, el ruido de voces y risas subió por las paredes del edificio, antes incluso de que Mikasa alcanzara la puerta. Se detuvo un instante en el pasillo, nerviosa. Instintivamente, llevó la mano al bolsillo de su abrigo, preguntándose si fumar un cigarrillo podría calmarla un poco antes de entrar. Pero no llevaba ninguno. Ni un solo cigarro, mucho menos una cajetilla. Y la idea de salir a comprar uno ahora mismo era absurda: tendría que bajar, caminar hasta alguna tienda, exponerse aún más a su ansiedad en vez de aliviarla.
«Ojalá hubiera comprado uno en el puesto de revistas», pensó, y el simple recuerdo del viejo kiosko y lo que había adquirido en él, terminó por aumentar el peso en su estómago.
Mikasa suspiró hondo, rindiéndose ante la inevitabilidad del momento.
Entró con la llave que Eren le había dado semanas atrás, apenas girándola con fuerza, como si esa rutina cotidiana aún le resultara ajena.
El departamento estaba lleno. Al menos seis personas, un par de rostros ya conocidos y otros nuevos, se movían entre la sala y la cocina, cerveza en mano, carcajadas en el aire. En medio de todos, Eren hablaba con un tipo alto, rubio, de complexión imponente. El mismo que había visto con él incontable número de veces, «Reiner» dijo finalmente Mikasa en su cabeza al recordar su nombre.
Parecían tener un tipo de conversación de carácter importante, en la cual Eren se veía un tanto tenso, con la mandíbula apretada y las manos cruzadas con rigidez sobre el pecho. El rubio por su parte, sólo parecía encogerse de hombros, como si lo que el castaño pidiera estuviera completamente fuera de su control.
Quizás Mikasa notó algunos de estos detalles, sin embargo, el trozo pesado de plomo, disfrazado de cotilleos impresos, que aparentemente llevaba oculto en su bolso, hizo que su mente pasara por alto toda la escena y se fijara en un punto específico: la puerta de su habitación.
Eren, al verla entrar, cambió el gesto de inmediato. Se descruzó de brazos y esbozó una sonrisa forzada, acercándose a ella.
—Solo vinieron a pasar el rato —dijo, alzando un poco la voz para sobreponerse al bullicio—. Ya se van en un rato, no te preocupes.
Mikasa intentó sonreír, aunque la comisura de sus labios no cooperó del todo.
—No hay problema —dijo.
—¿Cómo te fue con mamá?
—Bien. —respondió Mikasa mientras alzaba las bolsas con las compras, casi como una excusa visual. Una prueba de que, en efecto, había cumplido con su parte.
Pero la conversación, y más aún el ambiente bullicioso, la asfixiaba. Eren parecía querer decir algo más, pero ella lo cortó con una mirada y una frase escueta:
—Si me disculpas, estoy un poco cansada. Caminé tanto que sólo quiero acostarme un rato.
No esperó respuesta. Se dirigió a la habitación, cerró la puerta tras de sí y echó el seguro. Recién entonces se permitió soltar el aire que parecía haber guardado un buen rato en sus pulmones.