Capítulo XXIII

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El matrimonio era algo que Mikasa Ackerman conocía bien, o, al menos creía conocer

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El matrimonio era algo que Mikasa Ackerman conocía bien, o, al menos creía conocer. Nueve años había convivido con sus padres unidos en una relación sana y llena de amor. Era claro que no recordaba los primeros cinco o seis, pero, al menos los últimos tres o cuatro estaban plasmados en su mente con mucha claridad. Especialmente esas mañanas en las que cocinaban juntos, con su madre riendo mientras bebía su aromático y tradicional té verde, y su padre saboreaba una humeante taza de café, la cual variaba en diseños y colores, más no en el espeso y amargo líquido que llevaba dentro. Así como su gusto por las bebidas, ambos compartían y diferían en muchos temas, pero, aún con sus divergencias, habían tenido un matrimonio perfecto; uno que, lamentablemente, acabó demasiado pronto.

Si quería que lo suyo con Eren fuera al menos, en una pequeñísima parte, similar a lo que habían tenido sus padres, entonces debía darlo todo para que éste iniciara con buen pie. Algo que, últimamente, se había hecho mucho más difícil. Más aún cuando lo que se fraguaba entre ellos se basaba en el afecto de una infancia juntos, más no un amor pasional que la hiciera suspirar ante la idea de unir sus vidas. Mikasa apreciaba al muchacho, incluso, había llegado a hablar de amor hacia él en sus años de adolescencia, pero, ahora, con los pies al borde del precipicio de la llamada "vida adulta" y con más ocupaciones, sueños y metas, además de diversas parejas que habían cruzado en su camino, este enamoramiento había sido relegado en el interior del denso abismo. Apreciaba a Eren y agradecía que el trato fuese a su lado, pero sobre amarlo, eso ya era un tema complejo. Quizás el tiempo traería de vuelta ese sentimiento, de forma más madura y duradera. Sin embargo, ese era un tema del futuro, ahora, lo importante era solucionar esa querella que se había desatado entre ellos horas atrás.

Dándose ánimos, la mujer acomodó su corto y oscuro cabello, junto con su traje de corte sastre y salió del elevador del edificio en donde vivía, avanzando hacia la puerta y abriéndola con la copia de su llave. Estaba dispuesta a hablar y llevar las cosas hacia el buen camino, pero, esa buena actitud cayó de pronto, al ver al grupo risueño de amigos que se encontraban dispersos en la sala de estar. Se trataba de las mismas caras de siempre, esas que parecían ya ser parte del inmueble. Reiner, Porco, Annie y su novio Berthold rodeaban a un concentrado Eren quien movía con agilidad sus dedos sobre los controles del mando de su consola de videojuegos.

—Buenas noches. —Saludó la mujer. Un saludo que no fue respondido sino opacado por sonoros vítores que incitaban al joven hombre a continuar. Parecía ser que estaban en medio de algo importante, bueno, dependiendo de qué es lo que podrían considerar de esa manera.

Mikasa bufó cansada, notando las cajas de comida china esparcidas por la mesa del café, el comedor, incluso una que se balanceaba precariamente sobre una silla, totalmente en contra de los dictámenes de la física. Su interior clamaba por gritar con todas sus fuerzas que eran unos cerdos inconscientes y obligarlos a limpiar, pero, al mismo tiempo su vocecilla interna le aconsejaba que, el día había iniciado con un altercado y para hacer las paces no podía permitir que terminara de la misma manera. Dando un profundo y sonoro suspiro, prefirió limitarse a recoger y limpiar el desastre, dejándolos a ellos disfrutar de su noche de juegos. «Mañana será otro día» pensó, mientras acomodaba las sillas del comedor y colocaba la basura dentro de una bolsa plástica.

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