Capítulo XXVIII

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Para Levi Ackerman, el día comenzaba siempre de la misma manera, levantándose mucho antes del alba, abrió los ojos en la tranquila penumbra de la habitación

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Para Levi Ackerman, el día comenzaba siempre de la misma manera, levantándose mucho antes del alba, abrió los ojos en la tranquila penumbra de la habitación. La luz de la luna que iniciaba a alejarse, todavía se filtraba suavemente a través de las cortinas, pintando destellos plateados en las paredes. Era una habitación ordenada, cada objeto tenía su lugar y cada superficie brillaba de pulcritud.

Con movimientos precisos y decididos, el hombre se deslizó fuera de la cama sin desordenar las sábanas. Sus pies tocaron el suelo en un ángulo perfecto de noventa grados. Un suave estiramiento a sus hombros y espalda, los cuales solían estar siempre descubiertos, pues no soportaba más que los pantalones del pijama para dormir, hizo que sus cansados músculos salieran de su letargo, preparados para iniciar un nuevo día.

El primer ritual de la mañana, luego de este breve calentamiento, era preparar la cama. Y, para que todo estuviera de acuerdo a sus estándares, primero debía retirar las sucias sábanas con las que se encontraba revestida. Esto, era algo del diario, aún si la noche anterior, su cuerpo no hubiese tenido siquiera contacto con el colchón, debido a sus intensas horas de trabajo frente al escritorio. Luego, ya con los limpios reemplazos de la ropa de cama puestos en su lugar, con una destreza casi militar, estiró las sábanas con movimientos firmes y luego ajustó las almohadas para que estuvieran perfectamente alineadas. Una vez que la cama estaba impecable, Levi se paró al final de la misma y la inspeccionó desde diferentes ángulos, asegurándose de que no hubiera una sola arruga. Si su trabajo era aprobado por su mismo estricto escrutinio, el último paso podía ser dado: impregnar las telas con su esencia aromática del día, una combinación de lavanda y caléndula.

Luego, se dirigió al baño. Cada botella, cepillo de dientes y toalla estaba en su lugar designado, organizado en líneas limpias y precisas. Al salir de la ducha, observó detenidamente su reflejo en el espejo, asegurándose de que su apariencia también estuviera impecable, aunque sus marcadas ojeras, eran algo que había aprendido a ignorar, pues no había mucho más que pudiera hacer al respecto.

Después de la rutina de higiene matutina, Levi se encaminó a la cocina. Allí, calentó una tetera con agua y preparó una cuidadosa selección de hojas de té negro en una taza de porcelana. La tetera silbó suavemente cuando el agua llegó a la temperatura adecuada, para verterla sobre las hojas con una precisión casi ritual.

Mientras esperaba a que el té se infusionara, limpió la superficie de la cocina, pasando un paño por cada centímetro cuadrado, asegurándose de que no quedara ni una mota de polvo ni una huella dactilar. Cuando finalmente el té estuvo listo, lo colocó en una bandeja con una cucharilla de plata y una servilleta de lino impecable.

Llevó entonces, la bandeja a la mesa del comedor, donde la luz del sol de la mañana iluminaba la habitación. Sentado con una elegancia natural, disfrutó de su té negro con pequeños sorbos, saboreando cada nota. Cada movimiento que hacía estaba lleno de gracia y precisión.

Para él, esta rutina matutina era más que una simple limpieza; era una forma de ordenar su mundo, de encontrar belleza en la perfección. Cada día comenzaba con la misma dedicación al detalle, una expresión de su amor por la pulcritud y la armonía en su vida. Aunque, al mismo tiempo, la armonía se perdía en el resonar de la porcelana, chocando entre sí al bajar la taza, con un eco que, en muchas ocasiones, le resultaba ensordecedor.

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