Capítulo XLVI

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Eran poco más de las cinco de la madrugada cuando Levi abrió los ojos, sin recordar en qué momento exacto se había quedado dormido, pero perfectamente consciente de que se levantaba mucho más tarde de lo habitual

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Eran poco más de las cinco de la madrugada cuando Levi abrió los ojos, sin recordar en qué momento exacto se había quedado dormido, pero perfectamente consciente de que se levantaba mucho más tarde de lo habitual.

La habitación seguía siendo la misma: amplia, silenciosa, demasiado pulcra. Y sin embargo, todo parecía distinto. Había una incomodidad subterránea que no lograba identificar del todo. Como si algo dentro de él se hubiera desplazado, mínimamente, apenas un par de grados... pero suficiente para descolocar toda su brújula.

Sentía como si, en lugar de unas horas, hubieran transcurrido semanas. Tal vez meses. Y aun así, cuando por fin se incorporó, comprendió que solo era otro día más.

¿Tal vez se trataba de algún tipo de fatiga?

Se sentó en la orilla de la cama y frotó sus ojos con más fuerza de la que acostumbraba. Apenas era miércoles, y la semana ya se sentía cuesta arriba.

Suspiró.

No era la primera noche en la que el insomnio lo acompañaba, pero sí la primera en mucho tiempo en la que sentía sus efectos con tal claridad. En el temblor leve de sus párpados. En la forma en que sus manos tardaban un par de segundos más en reaccionar. En ese vacío molesto que se alojaba bajo su esternón.

Olviden la semana, toda su vida parecía ir cuesta arriba.

Incluso la rutina, su más firme aliada, se sentía ajena. Le costó más de lo normal estirar la cama, que quedó hecha, aunque con fallas milimétricas que la alejaban de su normalizada perfección. El aroma de lavanda, este día en particular, le resultó repentinamente empalagoso. El agua de la ducha no logró despejarlo. Y el té, su sagrado té matutino, lo bebió en silencio, sin notar siquiera su sabor.

Justo mientras bebía de su taza blanca como si se tratase de simple agua tibia, Levi suspiró y pensó lúgubre: «Qué día tan miserable».

En otras ocasiones, debido a su siempre ajetreada y rutinaria faena, nunca le había puesto tanta atención a los días, mucho menos se había tomado el tiempo de meditar sobre la inutilidad del miércoles, un punto muerto, hundido entre la expectativa del viernes y la inercia del lunes. No ofrecían descanso ni prisa. Solo una especie de bostezo largo y contenido.

Un día para desear no salir de la cama, como este miércoles en particular...O, si era honesto consigo mismo, como la mayoría de los últimos días de su vida.

Le causaba cierta ironía tener este tipo de pensamientos ahora, él, que había vivido con la disciplina clavada bajo la piel. Que había crecido entendiendo que el deber no se cuestiona, que no distinguía entre feriados y días hábiles, entre horas laborales y tiempo propio. Las sutilezas de la semana nunca le habían importado demasiado. Hasta ahora.

Ahora, cada día le parecía una réplica del anterior... solo que un poco más difícil de soportar.

Algo había cambiado.

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