Capítulo XXI

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Los nudillos femeninos habían perdido color al apretarse las manos con firmeza sobre el volante del automóvil descapotable de un rojo brillante, un color casi tan intenso como el enojo interno de la conductora que, sin previo aviso y ganándose var...

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Los nudillos femeninos habían perdido color al apretarse las manos con firmeza sobre el volante del automóvil descapotable de un rojo brillante, un color casi tan intenso como el enojo interno de la conductora que, sin previo aviso y ganándose varios insultos y estridentes bocinazos, dio un giro drástico para estacionarse frente a una tienda de conveniencia. Bajando del auto y dejando que sus tacones resonaran sobre el pavimento, Mikasa se adentró en el local buscando comprar un par de cosas que necesitaba con apremio, saliendo de este, minutos después, para retomar su avance hasta el edificio alto en donde se encontraba el elegante apartamento en el que, durante tantos años había habitado junto a su padre.

—Estúpido Levi y su estúpida boca floja. —Musitó con enojo, al mismo tiempo que maniobraba entre el tráfico. Se sentía traicionada, humillada y degradada; sentimientos que, lentamente, se convertían en su consigna laboral. —Al menos le sacaré algunas respuestas antes de dejarlo que se largue definitivamente. —Agregó, conteniendo los ligeros temblores de su mandíbula inferior.

La visión del imponente edificio frente a sus ojos hizo que su corazón diera un vuelco dentro de su pecho. Aparentemente, nadie creía en ella, y los que sí, tendían a hacerse a un lado, como su padre que comenzaba a desligarse de todo lo relacionado con el negocio y a quien ni siquiera podía localizar en el teléfono; o echarse hacia atrás, como el propio Levi quien parecía preferir lanzarla a las vías del tren, antes de apoyarla. Ni siquiera podía contar con su prometido, que era un temeroso de su propia familia.

Estaba sola, pero no derrotada.

Deteniéndose un momento, antes de entrar al estacionamiento, la mujer suspiró sonoramente. Tomando la bolsa con los artículos comprados con anterioridad, extrajo una cajetilla de cigarros y un encendedor. Prendiendo el fuego que iluminó el cilindro de tabaco, dio una profunda calada que la hizo toser, expulsando de manera atropellada el humo que salió por su nariz y boca. Recuperándose, inhaló nuevamente, ahora con mejores resultados, dejando que la intensa esencia inundara sus pulmones, relajándola por escasos segundos, antes de adentrarse en el edificio, decidida y enojada.

Lo encontró al momento de girar hacia el lugar designado para los residentes y visitantes del enorme apartamento. Levi estaba de pie, recostado sobre el ascensor que conducía directamente hacia el hogar, bebiendo despreocupado de un vaso de cartón. Él estaba tan en calma, mientras ella era como un volcán a punto de hacer erupción, y su sola imagen no hizo más que acelerar el proceso. —¡Tú! —Gritó, descendiendo del auto y señalándolo con un dedo acusador. —Siempre me dirigí a ti como un Napoleón, pero eres peor que eso, tú, maldito Mussolini traidor.

Él, sorprendido por su arrebato, le dedicó una mirada desconcertada. —¿Napoleón? ¿Mussolini? ¿de qué mierda estás hablando? —Cuestionó.

—Estoy hablando de que eres un traidor.

—¿Y por eso me comparas con un maldito fascista?

—Es lo que eres.

—En primer lugar, sé que sacas esos nombres solo para burlarte de mí, lo cual me resulta en algo de muy bajo nivel porque Napoleón tenía una estatura perfectamente normal para su época, y con el segundo, no acepto comparaciones. —Objetó. —Si te vas a burlar de mí, haz que sea históricamente correcto, al menos. Principalmente si utilizarás nombres infames. Además, ni siquiera sé de lo que me estás acusando, ¿te importaría aclarar? Porque venir hacia mí como una salvaje no va a funcionar.

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