Capítulo XL

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El sol del lunes apenas lograba filtrarse a través de las gruesas cortinas que enmarcaban el amplio despacho de Mikasa

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El sol del lunes apenas lograba filtrarse a través de las gruesas cortinas que enmarcaban el amplio despacho de Mikasa. "Su despacho" una mentira descarada pues no era completamente suyo aún. Era prestado, un préstamo temporal que, según las palabras de su padre, pronto se convertiría en permanente, especialmente ahora que ella y Eren habían fijado la fecha de su boda. Sin embargo, por más oficial que pareciera todo, la silla bajo su cuerpo seguía pesándole como si no le perteneciera.

Pequeños rayos de luz entraban y danzaban sobre su piel, alzándose con cada minuto transcurrido, tiñendo la habitación con un cálido resplandor dorado. Sin embargo, aquella luz contrastaba profundamente con su ánimo sombrío de ese día en particular. Apoyada sobre el escritorio, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, sostenía su teléfono entre las manos, sus dedos casi blancos por la presión. Su mirada estaba fija en la pantalla, recorriéndola con una ansiedad apenas disimulada, como si el simple acto de mirar pudiera invocar el mensaje que tanto ansiaba.

Uno pensaría que tener el futuro asegurado sería motivo de felicidad, pero para Mikasa, la certeza de lo que vendría solo había sembrado un vacío profundo en su interior. Desde el día en que ella y Eren acordaron la fecha de su boda, pasando por el momento en el que se lo hicieron saber a sus respectivas familias, quienes se deshicieron en halagos y felicitaciones, hasta esta misma mañana cuando se levantó y saludó de manera rutinaria por octavo día consecutivo a su futuro esposo, quien la recibió con una, ya igual de rutinaria taza de té que no le supo más que a agua caliente, no había sentido más que un enorme vacío en su interior.

«Quizás sean los estragos de la semana pasada, todavía haciendo eco en mi cabeza» meditó. 

Aunque, si bien no olvidaba del todo su crisis sucedida hacía siete días exactos, poco influenciaba ese oscuro pasaje en su desánimo actual. El sentimiento de vacío no se debía a algo, sino a un "alguien" en particular, su ausencia, más bien. Una que se había extendido ya durante seis días, diecinueve horas y treinta y siete minutos, desde que lo había visto por última vez. Y ni hablar del último momento en el que habían tenido algún tipo de contacto o intercambiado palabras, pues el tiempo entonces se extendería... —no es que llevara religiosamente la cuenta, sólo estaba un poco aburrida, y más aún triste.

Sus dedos tamborilearon contra la madera pulida, un ritmo irregular que reflejaba la inquietud que bullía dentro de ella. El vacío crecía con cada segundo que pasaba sin que la pantalla emitiera alguna notificación. Revisó una y otra vez, abriendo y cerrando la misma aplicación de mensajería, como si el simple acto de insistir pudiera romper el silencio.

Nada. Ni una respuesta. Ni siquiera había visto los mensajes.

La incertidumbre, tan tenue al principio, ahora se estaba convirtiendo en una punzada constante de preocupación. Su mente divagaba, considerando todas las posibles razones detrás de aquel silencio. ¿Había ocurrido algo? ¿Había dicho algo inapropiado? La ausencia de noticias resultaba sofocante.

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