El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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Mikasa enfrentó la primera pregunta con una precisión que tomó a la prensa por sorpresa. Con una calma imperturbable, contrastante al miedo y nerviosismo que sentía en su interior, respondió, exponiendo su estrategia de expansión con un lenguaje tan claro y conciso que incluso los críticos más feroces quedaron en silencio. Cada palabra parecía calculada, —aunque la prensa o los mismos espectadores no debían saber que lo era; no solo para responder a lo preguntado, sino para entrelazar las ideas clave que definían su visión para la empresa. Bajo las luces de las cámaras, se movía con una seguridad magnética, sin titubeos, sin mostrar el menor atisbo de duda, pese a que internamente, sus rodillas temblaban como si fuesen ramas mecidas por el viento, Mikasa habló:
—La visión que tengo no es solo una meta personal; es la continuación del legado de mi padre, de nuestras familias. Como mujer en este mercado, sé que mi presencia es más que un paso simbólico; es una promesa de crecimiento y renovación para la empresa.
Observando desde una esquina, Grisha Jaeger no disimulaba su expresión de desdén, aunque había algo en sus ojos, una mezcla de desconcierto y respeto involuntario, al ver la destreza de Mikasa frente a la prensa. Con los brazos cruzados y el ceño fruncido, contenía las emociones mientras sus ojos no se apartaban de ella, estudiándola como si intentara descifrar algo oculto en cada una de sus respuestas. Junto a él, Jörg, mantenía una expresión indescifrable, el rostro tenso mientras su hija navegaba entre las preguntas con una soltura que casi le recordaba a aquellos mozos años de su propia juventud.
Los accionistas, agrupados en un lateral, intercambiaban miradas tensas. Sebastian Buerger frunció el entrecejo, sus labios apretados en una línea de desaprobación, mientras Bill Brenke y Hugo Koslow observaban con una mezcla de cautela y exasperación, sus ojos pasando de Mikasa a los rostros de Jörg y Grisha, como si buscaran en ellos alguna señal que les permitiera irrumpir y actuar. Pero todos sabían que cualquier interrupción en ese momento sería catastrófica para la imagen que tanto querían proyectar. Lo mejor sería dejar que Mikasa hablara, pretendiendo que todo era parte de un consenso, y luego, cuando las luces se apagaran y los flashes finalmente se disiparan, abordar a la joven y —¿por qué no?— invitarla a dejar de una vez y por todas ese asiento que ocupaba, según ellos, inmerecidamente.
Los minutos transcurrieron con ella respondiendo más y más interrogantes. Tiempo que, a ojos de este grupo en particular, parecieron como tortuosas horas que no hacían más que alargarse. Finalmente, la entrevista concluyó y la multitud comenzó a disolverse lentamente. Los reporteros, aún sorprendidos, comenzaron a marcharse poco a poco; algunos se acercaron a Mikasa, agradeciéndole por su atención y exaltando su destreza y su habilidad para manejarse ante las cámaras con tanta firmeza.
Entre los asistentes, algunos empleados del equipo de la empresa, visiblemente agradecidos, también se acercaron a ella. Uno de ellos, un hombre mayor y de aspecto humilde, le estrechó la mano y le habló:
—Señorita Ackerman, no sabe cuánto significa esto para nosotros —dijo, con una expresión de gratitud sincera en su rostro—. Hace poco pasé por una situación personal que afectó mucho mi salud, y este descanso... este respiro que nos dio hoy... no tiene precio. Jamás imaginé que nos dejarían disfrutar del hotel y relajarnos un poco. De verdad, es algo que nunca olvidaremos.