Capítulo XXXVII

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Nota: Este capítulo contiene descripciones de un ataque de ansiedad.*

La respiración de Mikasa comenzaba a volverse cada vez más errática mientras recorría los pasillos del hotel, su mirada saltaba frenéticamente de un lugar a otro en busca de su padre

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La respiración de Mikasa comenzaba a volverse cada vez más errática mientras recorría los pasillos del hotel, su mirada saltaba frenéticamente de un lugar a otro en busca de su padre. Cada paso resonaba como un eco sordo en su mente, mientras las luces que adornaban los pasillos comenzaban a volverse cada vez más intensas, deslumbrándola y haciendo que su cabeza martilleara al ritmo de su caminata.

Finalmente, después de lo que parecieron horas, pero apenas fueron unos minutos, su vista se enfocó en la familiar figura de su padre. Ahí estaba él junto al escenario, absorto en la revisión de unos papeles, su expresión calmada y centrada en la tarea, completamente ajeno al torbellino emocional que se desataba en su hija.

—Papá, —lo llamó ella, su voz quebrada por la urgencia.

Al escucharla, Jörg levantó la vista y esbozó una sonrisa, aunque esta se desvaneció rápidamente cuando notó la tensión en su rostro.

—Mikasa, ¿qué ocurre? —preguntó.

Ella se acercó, intentando contener el temblor en sus manos. —Es lo que yo necesito saber, papá, —dijo con voz entrecortada. —Grisha me acaba de informar sobre los cambios que ustedes decidieron. ¿Por qué no me lo dijeron antes? ¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, incapaz de ocultar la acusación que se escondía detrás de sus palabras.

Jörg suspiró, su semblante mostrándose más cansado que comprensivo.

—Pequeña mía, nadie sabía sobre esto. Es algo que decidimos al ver el lugar, lo mucho que desencajarían nuestras actividades recreativas y que debíamos centrarnos en algo más sustancial. Quise avisarte antes, te llamé muchas veces, incluso para conversar sobre lo que sucedió ayer, hasta que escuché el teléfono sonando en tu habitación, —dijo, sacando el aparato apagado de su bolsillo y entregándoselo con una mezcla de vergüenza y resignación—. No sabía cómo cargarlo —admitió, abochornado.

Ella tomó el teléfono con desinterés, casi arrebatándolo de la mano de su padre y guardándolo sin cuidado en el bolsillo interior de su blazer. Sin duda, haberlo tenido consigo le habría evitado o al menos apaciguado este trago amargo, pero en ese momento ya no importaba. Lo realmente crucial era lo que estaba ocurriendo ahora.

—Sé que es un cambio de última hora, pero confío en que sabrás adaptarte, —continuó Jörg, aunque dulce, su tono sonaba tan condescendiente como el empleado por Grisha.

—¿Y si tanto les concierne que me adapte, por qué no esperaron a que yo estuviera presente? —replicó Mikasa, su voz agitada por la mezcla de frustración y enojo que la invadía. Sentía como si cada palabra que salía de su boca la hundiera más en un abismo que no sabía cómo escalar.

Jörg la miró con preocupación y cansancio combinados, como si la conversación le pesara más de lo que quería admitir. Dio un paso hacia ella, en un intento de suavizar la tensión con una calma paternal. —Mi pequeña lechuza, entiendo que esto es difícil para ti, pero hay decisiones que deben tomarse rápidamente, y a veces no hay tiempo para esperar.

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