El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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Mikasa caminó con paso firme hacia el edificio, aunque su mente parecía estar muy lejos de ahí. La mañana tenía esa quietud gris que precede al caos cotidiano, y en el aire flotaba un frío tenue que no terminaba de despertar del todo. En contraste, a cada paso, los recuerdos de la tarde anterior se le colaban bajo la piel como una corriente tibia. Una tarde cotidiana con un almuerzo delicioso, acompañado de la intimidad de una copa de vino, charlas y gestos simples que, tan sólo con su recuerdo, hacían calentar y revolotear su corazón.
El día le había concedido un tipo de tregua; involuntaria, pero que parecía haber sido necesaria.
Justo antes de llegar a la entrada, Mikasa se giró, como si algo dentro de ella aún necesitara una señal, una última mirada. Sus ojos buscaron el McLaren, estacionado frente a la acera. Durante un segundo, esperó que él también la buscara, que sus miradas se cruzaran por accidente... o por intención. Pero lo único que vio fue el destello del vehículo alejándose con decisión, sin volverse atrás.
Mikasa parpadeó, bajando la vista. «Estás sobrepensando todo... otra vez», se dijo a sí misma con un suspiro breve y se obligó a continuar.
—Buenos días, Sargento —saludó al guardia en la entrada, un hombre de cabello rubio gastado y mirada cansada, que le respondió con una sonrisa cortés.
«Hasta para él es demasiado temprano» pensó, continuando con su avance.
Subió por el ascensor en completo silencio, escuchando el zumbido suave del mecanismo y observando cómo los números ascendían. Al llegar a su piso, notó que el pasillo estaba completamente vacío. Ni una voz, ni una puerta abierta. Ni siquiera Armin había llegado todavía, así de temprano era.
Entró a su oficina y dejó caer su bolso con suavidad sobre el escritorio antes de dirigirse directamente al sofá. Se acomodó en él con un suspiro largo, estirando las piernas.
—Curioso —murmuró en voz baja—. Primera hora de la mañana y ya me siento agotada.
El cansancio se adhería a sus huesos de forma sutil, como si llevara horas corriendo, aunque apenas empezaba el día. Pensó que tal vez Levi y sus extraños hábitos de limpieza habían saboteado su ciclo de sueño. La imagen de él, meticuloso hasta el absurdo, lavando trapos de madrugada y frunciendo el ceño por una mancha invisible, apareció con nitidez en su mente.
Mikasa soltó una risa involuntaria.
—Maldito maniático...
El eco de su voz en la oficina vacía le hizo sentir, por un momento, que él podría estar cerca y aparecerse de imprevisto, como una sombra que salía en los momentos más inesperados y que parecía tener una extraña e irónica habilidad para hallarla en las situaciones más oportunas. Mikasa bostezó, largo y profundo, y se acurrucó un poco más en el sofá, dejando que el cuerpo se rindiera ante la somnolencia.
Sus párpados pesaban, pero eso no la abstuvo de continuar con su tren de pensamientos centrados en Levi. En su voz seca, en la forma en que evitaba mirarla directamente por mucho tiempo. En sus manos, firmes, cuidadosas. En la manera en que su presencia llenaba una habitación sin hacer ruido. En cómo se había marchado sin mirar atrás.