El universo a veces concede segundas oportunidades; para iniciar desde cero, cambiar viejas actitudes, formar una nueva vida, una familia; solucionar errores del pasado o simplemente volver a enamorarse.
Una pacto entre amigos, un matrimonio arregla...
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Para Eren, el tan esperado día que servía como antesala al fin de semana, se había impregnado de una vibración peculiar. Su mirada, fija en la pantalla del teléfono, se movía inquieta sobre un nombre en especial, de manera tan ansiosa como el acelerado latido de su corazón.
Luego de un largo período de indecisión, la cual empeoraba con cada segundo deslizándose en la pantalla digital de su dispositivo, había hecho finalmente una elección.
—Ahora vuelvo, —dijo, dirigiéndose al hombre sentado a su lado.
—¿A dónde vas? —preguntó Grisha, alzando la vista de una famosa revista empresarial en la que se encontraba completamente inmerso, sobre cuya portada resaltaba un conocido rostro enmarcado con una oscura cabellera y dura mirada azul.
—Debo hacer una llamada.
—¿A quién?
El muchacho dudó en responder. El duro escrutinio, visible en las serias facciones de su progenitor, incluso lo hizo tartamudear. —A-a Mi-Mikasa... y-yo q-quiero llamar... llamarla, —dijo avergonzado.
Suspirando, Grisha dejó caer la revista sobre el vidrio de la pequeña mesa de la sala de espera en la que se encontraban, y cruzó una pierna sobre su regazo.
—¿Y para qué quieres llamarla?
—Porque quiero hablar con ella. No la he contactado desde...
—Ya tuvimos esta conversación antes, hablarás con ella después. Este no es un buen momento.
—Pero, papá...
—Pero, ¿qué? No vas a morirte si no la llamas hoy. Después podrás hablar con ella y pasar todo el día a su lado si así lo deseas. Por hoy, apégate al plan. Recuerda, tenemos una coartada que seguir: tú y yo fuimos de pesca para aprovechar el descanso y fortalecer nuestra relación de padre e hijo.
—¿Y no puedo hablar con mi prometida estando "de pesca"? —cuestionó molesto.
—Si no te conociera de la manera en que lo hago, y no tuviera indicios sólidos para pensar que te estás arrepintiendo y pondrás en riesgo todo esto, por supuesto que lo permitiría. Lamentablemente, puedo leerte como a un libro abierto, hijo mío. Así que no, no puedes, —sentenció.
El joven hombre, apretando con fuerza los puños, bufó en frustración y se dejó caer de nuevo en su asiento. —No creo que estemos haciendo lo correcto, papá.
—¿Por qué no? ¿No crees que proteger a la mujer con la que vas a casarte de quedar bajo las garras de un sucio depredador es lo correcto? Porque yo pienso que sí lo es. Quizás hoy la culpa te atormente, pero mañana agradecerás haber tomado cartas en el asunto y alejar a Mikasa de esta amenaza.
—Pero, hablamos de la vida y reputación de alguien.
—Algo que en lo que él debió pensar antes de intentar acercarse y jugar sucio.