Capítulo 28: Itzae

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Marcos.

¿Desde cuándo los pasillos eran insufriblemente largos?

—Creo que voy a tener que dejarte atrás, Alfred…

Mi voz se vuelve silenciosa al ver la fila de guardias que se encuentran de pie a lo largo del pasillo continúo.

Tienen la mirada perdida, llenas de un humo blanco. Llamativas líneas oscuras alrededor de sus ojos, como si fueran un sutil delineado. “La protección de Horus y de Ra”. Importantes dioses para los egipcios. Sin duda alguna, Itzae estaba al mando.

—Quiero que vayas por las instalaciones del castillo —estiro mi mano en dirección a Alfred para que me preste mucho cuidado—. Dile a todo el que esté libre de hechizo, que hoy no es su rey quien esta al mando. Si la ven, que se inclinen.

Me centro completamente en él. Tomo aire.

—Hablo en serio, Alfred.

Sale despavorido en un trote más que suave, yo sigo la fila de guardias que por primera vez no hacen una reverencia cuando paso por su lado.

Llego a la habitación asignada a Mía. Mis guardias están de rodillas, frente a la puerta que se encuentra de par en par. El aire se siente más grávido, antiguo.

¿Listo, Giotto?

Más que listo para verla.

El Lord se adhiere a mis huesos, creando una armadura de invisible viento.

Los guardias me dejan pasar sin problema, resultado de que ella sabe que estoy aquí. Me escurro dentro de la habitación, visualizo la figura menuda sentada frente a la peinadora envuelta en un denso silencio.

Esta sin zapatos, tiene algún artefacto que pasa con esmero y mucha concentración por el contorno de sus ojos. Su cabellera negra está libre, cae salvaje por su espalda.

Carraspeo y hago una reverencia profunda.

—Reina-faraón.

Una vez me enderezo, dos esferas naranjas absorben sin una pisca de pesar mi aliento. Itzae arquea una ceja, demostrando que ahora mismo es el grado más alto de la pirámide.

Mi título es mierda delante de ella.

Y veo a Mía, es su cara a pesar del maquillaje elegante y las joyas que adornan sus muñecas, cuello y orejas. No obstante, es el alma de alguien más.

—Mi rey.

Sus ojos que ahora tienen un detalle almendrado, relucen la indiferencia de alguien que le importa menos que poco, el valor de los demás.

—Luce espléndida —halago llevando mis brazos tras mi espalda.

—Es una certeza.

Se levanta con cuidado, no me pierde de vista mientras deja el utensilio en la superficie de madera.

—Es bastante extraño verla de esta forma.

—Sin duda —susurra soltando un aire de  falso malestar.

Se inclina un poco para verse en el espejo, lleva uno de su dedos a sus labios y da toquecitos reiterativos.

—Si no es molestia, ¿puedo saber por qué?

—¿No te da un inmenso regocijo verme?

—Por supuesto que sí —respondo tan rápido como puedo—.  Pero Giotto me contó que nunca ha tomado el cuerpo de Mía sin su permiso…

—Ese supuesto Lord es más un coyote. Se la pasa curioseando por el mundo.

—¿Me esta ofendiendo?

Amando Al Rey © [ L. I. 2 ]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora