Capítulo 2

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La pelota se estrelló en su nuca. Era la tercera vez en la mañana. Y había tenido demasiada precisión como para ser pasada por un accidente, aunque Úrsula se esforzara por hacer una expresión de absoluta sorpresa.

No se disculpó. No había una razón para hacerlo. Fue un accidente.

Diana se dio la vuelta. La miró a la cara. Alicia se acercó para preguntarle si estaba bien, pero no le respondió. En ese momento, no tenía ojos para nadie más.

Úrsula levantó las cejas. Supo contener muy bien su sonrisa.

—¿Qué me miras?

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? Nada. ¿Y a ti, qué te pasa? —La conchudez de Úrsula era tan despreciable como admirable. Era increíble que alguien tuviera el descaro de actuar como si no hubiera hecho nada cuando sus acciones habían sido tan evidentes.

La indignación la sobrepasó con creces. Diana respiró hondo. Por un momento fugaz, había esperado escuchar una disculpa. Ni siquiera necesitaba que sea sincera, le bastaba con que admitiera su error en voz alta. Pero eso... Eso...

La pelota se dirigió a Úrsula y ésta la atrapó por los pelos. Miró a Gianella, furiosa. Gianella ni se inmutó.

—Repite el saque —dijo. Gianella estaba a cargo por el momento. El entrenador se había disculpado para ir al baño hace como diez minutos. Desvió su camino cuando sintió ese tirón en el estómago que solo podía relacionarse con el hambre—. Y juega bien.

—No lo estoy haciendo a propósito. ¿Qué me crees?

—Pues para haberte equivocado tanto, estás muy feliz.

Úrsula no supo que responder. Sonrió y se puso a jugar con la pelota. Diana acomodó su cabello e ignoró el dolor de cabeza. No le iba a dar la satisfacción de saber que había conseguido lastimarla.

Alicia, a su lado, movió los labios, apretó el puño y luego señaló hacia atrás. La alentaba. Diana entendió el mensaje de inmediato y renunció a la alianza unilateral que pactó en el momento en el que tocaron el silbato de inicio. No iba a continuar entregándole a Úrsula la otra mejilla.

El partido se reanudó. La pelota con mucha facilidad por encima de la red. Fue la confirmación que Diana no necesitaba, pero que le revolvió el estómago de cólera. Había pasado un tiempo desde la última vez que estuvo tan molesta.

La pelota regresó a su lado. Nancy contestó y Alicia dio el segundo toque. Entonces, Diana la vio acercarse y se negó a apartarse de su camino. Úrsula saltó, mató y luego chocó con Diana. Perdió el equilibrio e intentó sostenerse con su hombro, pero ambas cayeron.

Marcó un punto.

El codo de Diana se hundió en el estómago de Úrsula para amortiguar la caída.

Úrsula la apartó de un empujón. Le dolían el trasero y la espalda, pero nada se comparaba con el dolor en su estómago. Sin embargo, lo olvidó en cuanto vio la ligera sonrisa en el rostro de Diana.

—¿Estás loca? ¿Qué te pasa? —le recriminó, indignada y furiosa.

Diana quedó a gatas sobre el suelo. Disfrutaba de su pequeña victoria, a pesar de que también estaba bastante adolorida por la caída.

—¿A mí? Nada —respondió, muy caradura.

—¡Lo hiciste a propósito, bruta!

Los gritos de indignación de Úrsula le proporcionaron a Diana una satisfacción indescriptible. No era partidaria a tomarse la justicia por mano propia, pero estaba contenta por haberse atrevido a hacerle el pare. Si su padre lo averiguara, estaría muy orgulloso. Era un hombre amable y un fiel creyente de que todo podría resolverse con dialogo, pero incluso él sabía que había momentos específicos en que era necesario defenderse.

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora