Capitulo 39

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Después de días de apremiante silencio, de vivir en la expectativa y renegar en soledad y en compañía, Úrsula Cano recibió una noticia de último minuto:

Estaba, hasta nuevo aviso y debido a sus constantes faltas disciplinarias, separada del equipo.

La noticia le sentó tan mal que, al día siguiente, fue a buscar a su entrenador para pedirle una explicación. Él solo le dio evasivas sin mirarla y la irritó de tal manera que salió de las canchas con la cara roja de la cólera. La gente se le quedaba mirando porque tenía el labio hinchado y la cara magullada producto de la pelea de anoche, pero no le importó. Caminó con decisión hacia la facultad de enfermería, buscando a Gianella, y la encontró en las escaleras de su facultad.

Gianella no quería ni verla, pero no pudo escapar o evitar que Úrsula la abordara y la obligara a escucharla.

—No me pueden botar así —dijo Úrsula, indignadísima. Tenía marcadas ojeras bajo los ojos por lo poco que había dormido el día anterior. En realidad, hacía varias semanas que dormía mal—. ¿Qué les pasa? ¿Están mal de la cabeza? Yo solo me estaba defendiendo de la loca esa.

—Tú empezaste con esa pelea ridícula... y ya. ¿Sabes qué? Ya no importa, ya no quiero seguir teniendo problemas. Las dos están fuera.

—Yo no me lo merecía.

Gianella tuvo ganas de decirle que no sea tan conchuda, que ella había empezado todo, pero no valía la pena discutir. Ya no quería seguir teniendo dolores de cabeza por culpa de Úrsula. Se quedó callada y mantuvo el rostro inexpresivo. Tal vez así, Úrsula dejara de molestarla.

Solo consiguió que Úrsula se irritara más.

—No pueden jugar sin mí.

—Nadie es indispensable.

Úrsula se río en su cara. Claro que ella si era una pieza fundamental del equipo, le debían todas sus victorias.

—¿Quiénes quedan si me voy yo? No vas a quedar bien si solo juegas con ese grupo de mancas.

Gianella respiró hondo.

—Es por eso que es un alivio ya no tenerte en el equipo —confesó la capitana. Le salió del alma y se sintió muy bien—. No me importa si jugamos mal y quedamos últimas, al menos ahora todo es mil veces mejor. Hay paz, ¿entiendes? Contigo todo eran problemas. Ya me voy, permiso.

Úrsula se quedó callada mientras una furia sin precedentes se cocía en su pecho. No le importaba que Gianella la odiara y prefiriera prescindir de sus habilidades, pero que no tuviera ni un poco de orgullo y decidiera echar a la basura años de esfuerzo y decir sin ninguna culpa que no le importaba si quedaban últimas o no...

Ella se había esforzado por eso. Había trabajado duro. Había hecho milagros con el limitado equipo que le habían dado. ¿Cómo podían prescindir de ella con tanta facilidad?

Le dieron ganas de llorar por lo enfadada que se sentía. Bajó por las escaleras y tomó el camino hacia el portón de salida. De repente odiaba a todo y a todos, y no quería ver a nadie ni estar en ningún lugar, ni siquiera en su propia piel. Después de todo lo que había hecho, después de todo... ¿Cómo podían echarla así? ¿Cuál era el mal que había hecho? ¡Ella solo se estaba defendiendo de la loca de Diana!

Se acordó, entonces, de Diana Beltrán y se sintió mucho más enfadada, si eso era posible. Todo empezó con ella. Ella era la responsable de todos sus problemas. ¡Si ella nunca hubiera decidido unirse al equipo, su vida sería mucho más feliz!

Desembocó toda su furia maldiciéndola mientras caminaba por la avenida. El sol le escocia la carne y el sudor le chorreaba por la frente, y los hombres la silbaban e intentaban llamar su atención, pero ella solo tenía cabeza para pensar en lo mucho que odiaba a Diana y en las ganas que tenía de —esta vez sí— romperle la cara.

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora