No les costó mucho convencer a su entrenador de que las cosas estarían bien a partir de ese momento. Hugo era un hombre... positivo, muy a pesar de todo. El verdadero problema fue hacer que sus compañeras volvieran a creer en ellas.
Tenían razones de sobra para pedir que ninguna de las dos volviera a poner un pie en la cancha de juego, aunque eso comprometiera sus oportunidades de clasificar. No es que fueran indispensables, pero sí que eran necesarias: Diana saltaba muy alto y podía bloquear los balones con relativa facilidad mientras que Úrsula daba unos mates fortísimos que dejaban a sus adversarias muy adoloridas. Cuando estaban concentradas, eran casi imbatibles.
Gianella fue la más reacia, la que más se oponía a la idea. Había tenido suficiente de ambas y no quería seguir poniendo a prueba a su paciencia, a su tolerancia, a su capacidad para mantenerse calmada en las peores situaciones.
—De verdad, estamos comprometidas en esto —dijo Úrsula, muy a su pesar. Miró a Gianella fijamente para demostrarle que estaba diciendo la verdad—. Tú sabes cuánto me he dedicado a esto —añadió. Gianella había formado parte del equipo hace dos años y fue protagonista de los resultados que las dejaron fuera del torneo. Esa era también su revancha—. No voy a volver a casa con las manos vacías otra vez. Tenemos que clasificar como sea y sabes que, sin mí, no tienen oportunidad.
—Yo tampoco —agregó Diana cuando quedó en evidencia que Gianella no iba a pronunciar ninguna palabra. Lamentaba que Úrsula fuera tan ególatra, pero no iba a desmentirla—. Vamos a hacerlo bien esta vez. Tienes que confiar en... nosotras.
Gianella tomó aire. Respiró profundo. Exhaló con ganas.
—Ya confíe en ustedes una vez y ustedes prometieron que no iban a hacer ningún espectáculo. Pues lo hicieron y fue muy humillante —respondió, cruzándose de brazos y moviendo la pierna con impaciencia sobre la vereda. La habían apartado del resto del equipo cuando llegaron a la universidad. Necesitaban convencerla a como dé lugar. Hugo podía ser el entrenador, pero Gianella era la líder, la cabeza del equipo. Y, en la cancha, tenía mucha más autoridad que cualquier entrenador o asistente.
—Nunca me lo tomé en serio —confesó Úrsula con total desfachatez. No sonrió como Diana había esperado y eso reafirmó su compromiso—. Pero ahora entiendo que no vamos a llegar muy lejos si no somos capaces de trabajar como equipo. Esta vez...
Se quedó sin palabras. Estaba diciendo un montón de cosas humillantes. Úrsula no era así, nunca lo había sido, pero ya no tenía otra opción.
—Confía en nosotras —intervino Diana. Era extrañísimo abogar por Úrsula y ella—. Danos una última oportunidad. No vamos a volver a actuar como idiotas.
Gianella las evalúo en silencio por lo que les pareció una eternidad. Lo estaba pensando. ¿Sacaría algo bueno con darles un último voto de fe o solo recolectaría más razones para tirarse por el primer balcón que se le cruce en el camino? Lo pensó, largo y tendido, y luego decidió que, si no había otra opción...
Dejó caer sus brazos, relajó los hombros y miró al cielo, rogándole a Dios que su decisión sea sabia. Diana y Úrsula la miraron, esperando por su sentencia.
—Voy a responsabilizarlas de cualquier cosa que me pase.
...
Ni Diana ni Úrsula lo admitirán en voz alta, pero habían pasado tanto tiempo odiándose que acabaron conociéndose mejor que nadie.
Por semanas enteras, su atención estuvo bien puesta en la otra. Esquivando golpes, memorizando movimientos, estudiándose minuciosamente para aprender todos los puntos fuertes y, sobre todo, las debilidades.
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La estrella y la luna | GL
Teen FictionDespués de terminar una intensa relación de tres años, Diana Beltrán elige integrarse al equipo femenino de vóley de su universidad. Todo va de maravilla hasta que la convivencia con Úrsula Cano, una de sus compañeras de equipo, se hace insoportable...
