Capitulo 45

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El día del último entrenamiento —tres días antes de que se subieran al avión que los llevaría a Lima— Gianella estaba más nerviosa que nunca. Toda la semana había tenido los nervios a flor de piel, pero ese día se notaba más que nunca. Deambulaba y murmuraba para sí por los alrededores de las canchas cuando el entrenamiento se acabó. Y cuando pareció que ya todo había terminado, las reunió a todas para darles una extensa charla que se resumió en pedirles, muy encarecidamente, que no hicieran nada estúpido que pudiera lesionarla, que se mantuvieran enfocadas en el objetivo y que no se dejaran dominar por los nervios.

Nadie —ni siquiera Úrsula, que nunca se habría reservado su humilde opinión para sí— señaló lo risible de su petición. Todas asintieron, aunque muchas no habían escuchado ni la mitad de su apasionado discurso.

En particular, Diana le habría tomado la palabra por su gran sentido de responsabilidad, pero, y aunque quisiera, no podía seguir aplazando lo que su corazón le pedía a gritos. Ya había pasado demasiado tiempo con Úrsula y ya no quería esperar mucho más tiempo. Si su corazón no obtenía una respuesta —fuera la que quisiera o no— bien podría morirse un día de esos.

Diana había desplazado a segundo lugar sus preocupaciones sobre el campeonato. No era porque no entendiera lo apremiante de la situación ni lo importante que era, si no que tenía que hacer algo antes de que el corazón se le consumiera de angustia. Era un poco irresponsable de su parte, pero no quería enfrentar nada si no la tenía —formalmente, es decir— de su lado.

Así que, esa misma tarde, y sin preocuparse por llevarla aparte para que pudieran hablar en privado, tomó valor para hacerle una invitación a Úrsula.

—¿Te gustaría salir conmigo mañana? —Le preguntó. Los labios le temblaron por los nervios. Dalila tuvo la decencia de apartarse de su amiga para darles a ambas su espacio, aunque no se estaba perdiendo ni una sola palabra.

Úrsula sonrío mientras se pasaba la toalla húmeda por la cara. Su alegría también hizo que las mejillas se le tiñeran de un bonito color rojo que hizo que el corazón de Diana latiera aún más.

—Claro que sí —respondió Úrsula. Mañana era sábado. Si hubiera tenido algún plan, lo habría cancelado de inmediato porque cualquier cosa que involucrara a Diana era mucho más importante—. ¿A dónde vamos?

Diana ya lo tenía todo resuelto. El lugar, la comida, el brindis e incluso el transporte. La noche anterior había conseguido convencer a su padre para que le prestara la camioneta. El principal problema radicaba en que su madre no estaba enterada de nada y no sabía cómo se iba a tomar la noticia, pero eso ya lo resolvería a su debido tiempo.

—A la playa.

Dalila las miró de reojo, como el resto de sus compañeras. Estaba pensando en algo que parecía muy probable y por lo tanto muy divertido: esa no era más que una excusa para ver a Úrsula en ropa de baño.

—¿A cuál? —Había muchas playas en su ciudad.

—Ah... Punta Sal. ¿Te parece bien?

Alguien silbó, alguien se rio. Diana no estaba prestando atención a quien hizo cada cosa, pero le quemaban las orejas. Pensó que Punta Sal tal vez estuviera demasiado apartada de la ciudad y tal vez fuera menos concurrida en esa época del año, lo que era una buena noticia porque podrían tener toda la privacidad que quisieran, pero era una playa hermosa. Por supuesto que no era una mala elección, ¿por qué todas parecían burlarse de ella?

—Bueno —dijo Úrsula, encogiéndose de hombros y manteniendo a raya sus emociones—. ¿Dónde nos encontramos?

—Yo te voy a recoger mañana en la mañana, a eso de las diez —respondió con firmeza—. ¿Te parece bien o...?

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora