Capítulo 25

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Diciembre estaba próximo.

Los entrenamientos se hicieron más distantes porque todas tenían que enfrentar los últimos dos meses del ciclo. Eran tiempos decisivos. Úrsula lo lamentó mucho. Amaba el vóley, amaba practicarlo y ganar. Y amaba a Lucio y los entrenamientos eran de los pocos momentos en los que podía ir a las canchas a saludarlo. Y extrañaba molestar a Diana.

Se la encontró un par de veces en el campus, pero nunca estaban solas cuando eso sucedía. Úrsula siempre estaba rodeada de un pequeño grupo de amigos —ninguno lo suficiente entrañable o cercano para merecer su presencia fuera de la universidad— y Diana siempre estaba con Lucía.

Se miraban muy fijamente, se retaban. Nunca decían nada. Y acaban desapareciendo de la visión de la otra, lo que siempre era una pena.

Sin embargo, los pesares se esfumaban cuando volvían a cruzarse en los entrenamientos y podían hablar todo lo que quisieran. Allí —vaya a saber Dios por qué— no les costaba acercarse para hablar.

Úrsula seguía sin recibir noticias sobre el trabajo que había hecho con Diana, pero a medida que pasaba el tiempo se daba cuenta de que sus posibilidades eran muy escasas. No solo era que el curso se le hacía muy complicado, si no que el profesor estaba empecinado en jalarla a toda costa.

Y se preguntaba por qué...

Por otro lado, las cosas con Álvaro se habían complicado. Parecía que su relación había caído hasta el fondo de un hoyo del que difícilmente podría sacarlos el recuerdo de tiempos mejores. Pero Álvaro se estaba transformando en lo que él, a su juicio, consideraba un hombre hecho y derecho.

—Cásate conmigo —le dijo una noche, en la puerta de su casa. Úrsula lo miró como si se hubiera vuelto loco y luego se río. La proposición era una ridiculez—. Tienes que hacerlo, en serio. Cásate conmigo, tengamos hijos y seamos felices. Yo voy a hacerme cargo de todo.

—Déjate de decir tonteras.

—Lo estoy diciendo en serio —replicó Álvaro con vehemencia, dio un paso al frente y le agarró las manos. Úrsula temió que fuera arrodillarse porque los vecinos del frente estaban sentados en la vereda. Lo último que quería era que diera un espectáculo que luego acabaría siendo conocido por todos en el barrio—. Puedes dejar la universidad y todas esas tonterías, yo me voy a hacer cargo de ti en el momento en el que decidas ser mi esposa. Nunca te va a faltar nada, te lo juro.

Úrsula ni siquiera tuvo que pensarlo. Se soltó de un tirón de su agarre y él la miró como si le hubiera escupido en la cara.

—No quiero, gracias.

—¿Por qué?

—¿Por qué querría, para empezar? ¿Qué deje la universidad para llenarme de hijos? ¿Qué clase de vida es esa?

—Nunca te faltará nada, yo me voy a asegurar de eso.

—Gracias, pero no —dijo. Iba a meterse de nuevo en su casa, pero tuvo un arrebato de inspiración y se dio la vuelta—. No pienso abandonar nada por ti.

Úrsula le contó la historia a sus amigos al día siguiente, cuando se quedaron sin tema de conversación. Se rieron muchísimo, pero luego les vino el momento de reflexión.

—Cuidado con dejarte preñar.

Regina golpeó a Héctor con el puño. Héctor se indignó muchísimo.

—Habla bonito, qué. Se escucha horrible eso de preñar. Se dice embarazar o concebir si quieres sonar más inteligente. ¿O qué crees que somos, vacas?

—Lo importante es que tú me entiendes.

—Cómo si fuera difícil entenderle a un bruto.

Héctor la remedó y consiguió a hacerlos reír otra vez. Luego, reafirmó sus advertencias.

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora