—¿Y no te has puesto a pensar que te estás templando de ella?
—¿Ya estamos de vuelta con tus cojudeces?
—Tienes que entender que estoy interesada...
—¿Y yo que tengo que ver con eso?
—Quiero saber si tengo el camino libre. Yo te quiero mucho y eres mi amiga, no me gustaría chocar y muchísimo menos compartir babas contigo.
—No hables huevadas.
—¿Entonces?
—¿Qué?
—¿Puedo o no puedo?
—Haz lo que quieras, a mí no me importa.
—Entonces, ¿no te gusta nada? ¿Ni un poquito? ¿No te vas a poner celosa si me ves de la mano con ella ni te vas a molestar conmigo porque yo si le dije lo que siento?
—Diosito santo...
Llegado a ese punto, Úrsula estaba exasperada. Por muy estúpidas que le parecieran las conclusiones a las que había llegado, no dudó de ellas. Regina era la mujer más perspicaz que conocía y si ella aseguraba algo, no había ninguna duda de que era cierto.
Sin embargo, Úrsula no hizo nada más que arrugar la nariz y desprestigiar sus acusaciones con miradas asqueadas. Pero no lo negó con palabras. Nunca lo dijo en voz alta. Y Regina no se ofendió ni un poco. Confiaba en su juicio y sabía que el tiempo le daría la razón.
No volvieron a tocar el tema esa noche, ni siquiera en forma de chiste, aunque a Úrsula la mantuvo despierta más tiempo del que podría admitir.
Salió con Álvaro la noche siguiente. Tuvieron —lo que se dice— una cita romántica. Solo que Úrsula seguía molesta por su indiferencia y Álvaro se rompía la cabeza preguntándose por qué su novia apenas le dirigía la palabra. Según él, todo estaba bien.
—¿Te pasa algo? —preguntó, hastiado. No se preocupó en disimular su enfado.
Úrsula lo miró largo y tendido antes de responder. Lo puso muy incómodo, pero no se dejó vencer. Álvaro mantuvo la espalda recta en el asiento mientras esperaba. La comida humeante —una parrilla humeante con aspecto delicioso— había sido relegada a segundo lugar.
—No. ¿Y a ti? —respondió Úrsula. No le perdonaba que no hubiera hecho ni el esfuerzo de aparecerse en la ceremonia. No estaba segura de que llegará el día en el que pudiera olvidar ese desplante, pero era su culpa por juntarse con un idiota como ese.
Álvaro era lo suficientemente inteligente para saber cuándo le estaban mintiendo, pero no para saber cuándo debía mantener la boca cerrada. Él eligió insistir.
—Me preocupo por ti —aseguró. Úrsula no le creyó—. ¿Qué te pasa? Estás rara desde que regresaste de ese viaje... ¿Qué pasó? ¿La marimacha te hizo algo? Porque, sí es así...
La acusación la irritó. Era un hecho que la cabeza de Álvaro no le daba para pensar en sus propios errores, sus propias faltas, por eso culpaba de su actitud a Diana. Allí estaba él con sus estupideces, diciendo en voz alta las estúpidas conclusiones que sacaba su minúsculo cerebro, otra vez. Era un reverendo idiota. Un ser anodino. No tenía solución. Y lo detestaba por eso.
Úrsula sintió muchas ganas de levantarse e irse. Estar sentada allí, frente a él, la hacía sentir enferma. Entendió —esta vez sí, esta vez por completo— por qué Víctor lo detestaba tanto. Entendió por qué el resto de sus amigos no querían ni verlo. Y entendió, sobre todo, por qué le gustaba tanto a su padre.
Le dio tanto asco que se le quitó el hambre y le dieron ganas de vomitar. Fue al baño. Álvaro no la siguió.
La cena estaba arruinada. Él no insistió en hacerla comer y ella no volvió a dirigirle la palabra, ni siquiera para despedirse cuando la llevó a casa.
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La estrella y la luna | GL
RomanceDespués de terminar una intensa relación de tres años, Diana Beltrán elige integrarse al equipo femenino de vóley de su universidad. Todo va de maravilla hasta que la convivencia con Úrsula Cano, una de sus compañeras de equipo, se hace insoportable...
