Capitulo 12

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Se levantó con el alba e hizo todo con tanta prisa y con tanto cuidado que nadie se enteró que se había ido hasta que notaron su lado de la cama vacío.

A ninguna le sorprendió demasiado.

—Espera tu turno. —Úrsula apartó a Guadalupe de un empujón y se metió en el baño. Despertarse temprano siempre la ponía de mal humor, sobre todo en un domingo como ese. Era completamente innecesario, pero los profesores habían insistido en que debían aprovechar el desayuno que les otorgaba el restaurante. Si se retrasaban, bien podrían morirse de hambre.

Bajó a la recepción después de treinta minutos. A pesar de que estaba dentro del hotel y de que había subido la cremallera de su chompa hasta su límite, todavía tiritaba por el frío de la madrugada. Ella, en definitiva, no estaba hecha para ese clima.

Entró al área del restaurante y la vio. Sentada en una mesa, sola. Habría sido fácil ignorarla y ocupar otra mesa vacía —tenía para escoger porque todavía era muy temprano—, pero decidió ir dónde ella.

Diana, que había estado convencida de que Úrsula no se le acercaría bajo ninguna circunstancia, contempló anonadada como ella se sentaba en la silla del frente. No le dijo nada, pero tampoco le quitó los ojos de encima. Todavía se sentía avergonzada por los incidentes del día anterior. Le debía una disculpa, pero no quería dársela.

Úrsula la observó con descaro. La evaluó en silencio mientras sonreía. Diana se adelantó a cualquier cosa que estuviera planeando.

—No estoy de humor —le advirtió.

—No te he pedido que me cuentes un chiste, no quiero que me mates de aburrimiento —respondió Úrsula.

—¿Qué haces acá, entonces?

—No tenía otra opción. No quería quedarme con toda esa chusma junta.

Diana arrugó la nariz. Detestaba la estúpida actitud de superioridad de Úrsula. Sus habilidades no le daban derecho a ningunear al resto. ¿Cómo es que sus compañeras de equipo la habían aguantado tanto? Solo la conocía hace unos pocos meses y ya la tenía completamente loca.

—Pensé que pensabas lo mismo de mí. ¿Por qué te sentaste aquí?

Iba a responderle que lo hizo porque creía que cualquier momento en el que no estuviera molestándola era un momento desperdiciado, pero fueron descubiertas por el entrenador y perdieron la concentración. Él se acercó a ellas casi saltando de la felicidad.

—¿Qué tal? ¿Cómo durmieron? ¡Me alegra ver que se llevan mucho mejor!

No hubo manera de rebatirlo. Hugo Sánchez, en contra de los deseos de ambas, se sentó en su mesa y empezó una conversación que les pareció interminable. El resto de sus compañeras bajaron progresivamente al restaurante.

Sandra no perdió la oportunidad de sentarse en la última silla libre. Entre Hugo, que la estaba matando de aburrimiento con su perorata sobre sus pasadas participaciones en los juegos universitarios y todas sus desventuras; Úrsula, que le golpeaba las canillas cada dos por tres e hizo que derramara su café sobre la mesa; y Sandra, que no dejaba de mirarla como si fuera la cosa más maravillosa que existiera y reírse de sus comentarios menos graciosos, Diana no deseaba más que desaparecer.

Terminaron el desayuno y Diana pensó en lo que podría hacer. Tenían la mañana libre para hacer lo que les plazca, aunque debían reunirse para almorzar y tomar el bus que los llevaría hacía la universidad. Ese día se celebraría la ceremonia de inauguración y el día siguiente, el lunes, disputarían su primer partido.

Se pasó el resto de la mañana vagabundeando por los alrededores y evitando al resto de sus compañeras porque estaba avergonzada. No llegó muy lejos porque no conocía la ciudad y no quería perderse. Lo único que pudo comprobar era que no estaba tan lejos del centro. Le envío un par de fotos a sus padres, habló un poco con ellos, respondió algunos mensajes que tenía de Marcos y Lucía, ignoró los buenos deseos de Irene —y bloqueo esa nueva cuenta de Instagram— y regresó al hotel antes de que dieran las doce del mediodía.

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora