Capítulo 4

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Diana podía contar a todos sus amigos con los dedos de una sola mano. Después de que terminó con Irene, le sobraban tres dedos. Los otros dos eran Lucía y Marcos, la compañera de clases que se convirtió en una amiga entrañable y el chico que vivía en el mismo barrio y con quién había estudiado los últimos dos años de la primaria y toda la secundaria.

A sus padres siempre les alarmó lo poco interesada que estaba para relacionarse con los niños de su edad. Desde que tiene uso de razón, los recuerda animándola a compartir los juegos con otros niños. Diana nunca estuvo interesada en eso.

El día que les presentó a Lucía como su amiga se pusieron muy contentos. Pasó mucho tiempo para que Lucía entendiera porque la habían recibido con tanta alegría en la casa de Diana. Le agradaron los padres de su amiga y viceversa. Lucía tenía el don de caerles en gracia a los adultos. Era encantadora.

Y había estado de viaje en Lima para aprovechar las vacaciones. Diana no tuvo oportunidad de verla hasta el primer día de clases.

Su felicidad se vio un poco opacada cuando, a mitad de camino de su facultad, se encontró a la última persona que deseaba ver en todo el mundo. Diana subía por la escalinata, completamente sola, y Úrsula bajaba, rodeada de un pequeño grupo de amigos. Hicieron contacto visual, pero no dieron más señales de conocerse. No se saludaron.

Diana llegó contrariada al salón designado. Una docena de sus compañeros ya estaban repartidos por las carpetas. Murmuró un saludo y fue directo hacía donde estaba Lucía. Por suerte, ella estaba sola.

Los saludos se postergaron. Lucía adivinó que algo la estaba molestando y no lo dejó pasar. Tenía sus sospechas. Su sorpresa fue grande cuando se enteró que estaba equivocada.

—¿A quién te encontraste?

Diana le contó todo con demasiados con detalles, pensando —muy erróneamente— que Lucía no sabría de quién estaba hablando. Pronto descubrió que Lucía no necesitaba que se lo explicaran todo porque ella ya conocía a Úrsula. Era una ciudad pequeña; de alguna u otra manera, más o menos enrevesada, todos se conocían.

—Estudió conmigo en la secundaria, estábamos en el mismo año, pero ella estaba en otro salón. Nunca la traté, pero siempre fue medio creída. Pero dime la verdad. ¿Qué le hiciste?

—¡Nada! Solo le dije que su plan era estúpido, ¡no puedes dejar todo el ataque en manos de una sola persona! Es muy estúpido, es regalar el partido. Y parece que a ella no le gusta que la contradigan y se las agarró conmigo, aunque desde el principio fue muy maleducada.

—No me sorprende. ¿Qué te dicen las demás? ¿Qué te dijo Alicia? No creo que sean amigas, conociéndola como la conozco...

—No, no lo son. Las chicas me dicen que no le haga caso, que es así con todo el mundo. Pero es difícil ignorar cuando está buscando golpearte a cualquier costo. Es muy inmadura, muy ridícula. No entiendo como las demás chicas la han aguantado tanto tiempo. Yo ya no quiero verla nunca más.

—Bueno... Pero seguro que se aburre cuando ya no la asuntes —la animó Lucía después de unos segundos de silencio. Le habría recomendado que le dé un buen tatequieto, pero ya sabía que eso no había hecho nada para apaciguar las ganas de Úrsula de hacerle la vida imposible a su amiga.

—Voy a verla más tarde —murmuró Diana. Acababa de recibir un mensaje de Gianella, que les pedía que se reunieran en el cafetín a la hora del almuerzo. Sería una reunión breve, decía.

Lucía arrugó la nariz con desagrado. No envidiaba su suerte. Odiaba a las personas como Úrsula. Le recomendó:

—Tienes que fingir que no existe, fingir que allí donde está ella solo hay un espacio vacío. No le hables, no la toques y mucho menos la mires. Hazte a la idea que no existe. Si ella te provoca, tú ignórala. Se va a cansar de joder tarde o temprano, ya vas a ver.

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora