Capítulo 20

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Esteban José miraba el estante con mucho detenimiento. Intentaba decidir que se le antojaba para comer. Al final, decidió preguntar a su hermana.

—¿Tienes plata?

—Puede ser —contestó Diana mientras se hurgaba en los bolsillos traseros del pantalón para examinar su propio dinero. Sintió un par de monedas y un solo billete.

A Esteban José le brillaron los ojos. Él también tenía un par de monedas, pero creía que no sería suficiente.

—¿Podemos llevar las dos? Tengo terrible antojo.

—¿No estarás preñado tú?

Tomaron ambos paquetes de papas fritas y los metieron en el carrito. Una hora antes, Johana, aprovechando la disposición de sus hijos de ir al centro comercial, los mandó con una lista de cosas que necesitaba. No pudieron decirle que no.

—¿Nos alcanza para un helado? —preguntó Esteban José cuando pasaron por la sección de hieleras. Diana, que sabía que iba a extrañar el aire acondicionado cuando pusieran un pie fuera del establecimiento, no pudo negarse a la idea de su hermano.

—No sé. Creo que sí.

—¿Sí o no? Cuenta rápido, rápido. Si no para decirle al viejo que nos transfiera la plata al toque. ¿Lo llamo?

Diana lo pensó mientras miraba el dinero.

—Mejor llámalo.

Esteban José se apartó de ella unos pasos y Diana esperó, medio apoyada en el carrito y revisando su celular con parsimonia. Ya sabía que su padre iba a decir que sí, así que se preparaba para avisarle que ya había recibido la transferencia.

Fue entonces que, siguiendo una corazonada, levantó la mirada y casi perdió el control de carrito. Se salvó de estamparse de cara contra las losetas por pura suerte y se sintió ridícula. Esteban José la miraba como si se hubiera vuelto loca, pero Diana solo tenía ojos para Úrsula y el tipo alto que era su novio.

Daba un poco de miedo si lo veías de improviso.

Diana actuó como si no hubiera pasado nada. No se le escapó la mirada escéptica y burlona de Úrsula ni la expresión socarrona de Álvaro. Ya se imaginaba que aprovecharía la primera oportunidad para recordárselo y reírse.

Esperó que la pareja pasara de largo mientras contenía la respiración. Fue involuntario.

Se llevó una enorme sorpresa cuando descubrió que Úrsula la miraba cuando pasó por su lado. Diana se apartó para darle espacio —pensando que se lo pediría con sus características formas poco amables— y Úrsula dijo:

—¿Cómo estás?

Diana nunca habría podido preverlo. Se quedó en blanco por unos segundos. Úrsula y su novio se habían detenido a su lado. Álvaro la estaba mirando de arriba hacia abajo, haciéndola sentir muy incómoda.

—Bien... ¿Y tú?

—Bien, igual, comprando cosas por acá porque éste ya no tiene nada que comer —respondió Úrsula, señalando su carrito con la mirada y al varón que tenía al lado. Ni Álvaro ni Diana intentaron ser amables con el otro cuando sus miradas finalmente se cruzaron.

—Ah... Qué bueno... Yo estoy aquí... con mi hermano...

Se quedaron en silencio, mirándose a la cara. Lo único que las hizo salir del trance en el que habían caído fueron las exigencias de otros comensales que querían pasar por el pasillo que ellas habían obstaculizado.

Diana se apartó con su carrito murmurando disculpas. Úrsula también lo hizo, pero sin sentirse culpable o avergonzada por ello.

—Nos vemos —murmuró, haciendo un gesto que bien podría haber interpretado como una sonrisa. Diana asintió.

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora