Diana pensó que las noticias eran buenas porque les permitirían practicar un poco antes de hacer el viaje. Sin embargo, se lo cuestionó en serio cuando Úrsula se acercó para decirle:
—Uy, creo que este sábado no vas a poder salir de fiesta con tu noviecita.
Quiso golpearla en serio. Toda la semana había sido absolutamente insoportable y ahora tendría que pasar toda la mañana del sábado con ella. No creía que fuera a soportarlo. Su paciencia no estaba hecha para tener de Úrsula más de cuatro horas a la semana. Su fugaz encuentro en el baño de la fiesta ya lo había demostrado.
—¿Celosa? —preguntó Diana. Las miradas del resto de chicas (las que todavía no habían corrido a las duchas) se clavaron en ellas y su pequeña bronca. El entrenador se había esfumado. A ninguna le importó ser el centro de atención, estaban presas en un mundo donde solo existía la otra.
—Sigue soñando porque solo allí se te hará realidad.
—No es mi culpa, actúas como si estuvieras obsesionada conmigo.
Ofendida, Úrsula se dio la vuelta para enfrentarla cara a cara. Tenía una respuesta en la punta de la lengua, pero Dalila la cogió del brazo y la arrastró. Úrsula no dejó de mirar a Diana hasta que entró a las duchas.
—Está loquita —dijo Alicia.
—No le hagas caso, no dejes que nada de lo que te diga te afecte. ¿Puedo hacer algo por ti? —añadió Sandra con gravedad mientras le ponía una mano en el hombro. Todavía no se perdonaba el haberla dejado sola la última vez y creía que estaba en deuda con ella, a pesar de que Diana le había asegurado que no había pasado nada malo.
—No te preocupes. Gracias —respondió Diana, zafándose de la mano de Sandra con toda la amabilidad de la que fue capaz. No le gustaba que la tocaran.
Quería despotricar contra Úrsula, en realidad. Pero no iba a hacerlo con ellas, aunque tuviera muchas ganas. Se aguantó hasta que llegó a su salón y buscó a Lucía. Ella estaba hablando con otra de sus compañeras.
No habría interrumpido porque odia las descortesías, pero necesitaba sacarse con urgencia todo lo que sentía. Podría morirse ahogada por su propia rabia si esperaba un segundo más. Avanzó hasta Lucía. Su interlocutora, Silvia, la miró con ojos muy abiertos cuando advirtió su presencia. Era aterrador, de cierta manera.
Silvia se despidió rápidamente y se fue en dirección al baño. Diana no creía haber sido tan ruda —ni siquiera había dicho una palabra— y se sintió un poco mal. Lucía se río por lo bajo.
—Tienes cara de suegra —explicó Lucía. No fue difícil para ella adivinar la causa—. Pero siempre le has dado miedo.
—Ella también me da miedo.
Silvia Távara era, con mucha diferencia, la chica más extraña del salón. Vivía en su propio mundo. Era una chica extravagante que tenía una forma de ser extravagante, usaba ropa extravagante y accesorios extravagantes. Diana creía que era un milagro que hubiera llegado tan lejos en la carrera. En definitiva, no era lo suyo.
—No seas mala. Ella vino a hablarme por su propia cuenta. Es muy amable.
Eso era muy extraño. Silvia no le hablaba a nadie y nadie le hablaba por voluntad propia.
—¿Y qué te dijo?
Lucía sonrío como quién se ha enterado de un buen chisme.
—No gran cosa. En realidad, me preguntó por ti. Quería saber si habías terminado con tu novia o por qué razón ella ya no venía a buscarte al salón. —La mirada de Lucía lo decía todo. Creía que Silvia se había interesado en Diana e iba a molestarla con eso.
ESTÁS LEYENDO
La estrella y la luna | GL
RomanceDespués de terminar una intensa relación de tres años, Diana Beltrán elige integrarse al equipo femenino de vóley de su universidad. Todo va de maravilla hasta que la convivencia con Úrsula Cano, una de sus compañeras de equipo, se hace insoportable...
