Capítulo 28

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Después de que Diana recibiera las notas de sus exámenes parciales y comprobara que había aprobado todo con las notas previstas, dejó de tener razones para seguir yendo a la universidad.

Lo que era una lástima porque quería ver a Úrsula y se moría de ganas por hablar con ella. No la había visto después de esa tarde en las duchas. Úrsula tampoco se apareció por su casa, aunque sí que hubo una explicación para eso.

Y llegó, como no podía ser de otra manera, de la boca de Santiago.

Y, por supuesto, en el momento menos oportuno. Esas cosas no debían comentarse con toda la familia reunida a la hora de la cena.

—Está estudiando para sus exámenes y por eso no puede venir, dice que va a dar un aplazado... ¿Qué es un aplazado? —Era el único que había tenido la desfachatez suficiente para preguntarle a Úrsula sobre su ausencia. Aunque, por supuesto, había sido medio convencido por Esteban José.

Diana deseó que no hubiera dicho lo último en voz alta. Estaba de más. Miró a su madre de reojo y descubrió que sus sospechas eran ciertas: Johana lo había escuchado todo y lo desaprobaba.

—Un examen aplazado es la última oportunidad que tienes en la universidad para aprobar un curso —respondió Esteban padre. Santiago abrió mucho los ojos.

—¿Y es difícil?

—Claro que sí, vienen temas de todo el curso.

—Ah... Bueno, me dijo eso... Pero quiere que le mande fotos de Lucio todos los días.

—¿Era por eso que lo seguías tanto? Yo pensé que le ibas a abrir un perfil de Instagram.

Santiago miró a Esteban José con ojos brillantes de emoción.

—Sí, ¿no? Le podemos comprar ropa y hacerlo todo un modelo... Le voy a decir a Úrsula.

Sus padres estuvieron satisfechos y no pidieron más explicaciones a Diana que no encontraba manera de decirles que Úrsula la había besado en las duchas y luego, en apariencia, se había desaparecido de su vida como por arte de magia.

Ahora tenía tanto tiempo libre que solo podía pensar en Úrsula, de día y de noche. Y había ocasiones en las que se enfadaba con ella por besarla e irse, por ceder al instinto, al impulso o a quien sabe qué. A veces, la odiaba con toda su alma y todo su corazón. Era un simple beso, pero había puesto de cabeza su mundo.

Otros días —y otras noches— dejaba descansar a la bestia que era su resentimiento y se dejaba llevar por las fantasías que tenían todas las quinceañeras que apenas estaban experimentando el amor. Imaginaba: ¿y si Úrsula había hecho todo eso porque le gustaba? O, mejor, ¿y sí Úrsula la besó porque estaba enamorada de ella?

¡Era imposible! ¡Una cosa como esa no sucedería ni en un millón de años, ni aunque el infierno se congele! Y por eso era tan entretenido pensarlo.

Lucía estaba molesta con todas las involucradas. Cuando Diana se lo contó —al día siguiente, después de avisarle por teléfono que tenía una gran historia y Lucía se durmiera con el chisme a medias— se puso como una histérica.

—¡No debiste dejar que se esconda en la ducha! —le increpó, agitando las manos. Parecía que le iba a dar un ataque. Diana se hubiera preocupado de su estado si no estuviera avergonzada porque todos los rezagados que se quedaron en el salón las estaban mirando. Silvia estaba entre ellos—. ¡Y tú no debiste correrte! ¿Por qué no te quedaste a esperarla, babosa?

—No grites...

—¡¿Y cómo quieres que no grite?! ¡¿Cuándo es que vas a admitir que estás enamorada de ella?!

La estrella y la luna | GLHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora