Desde los parlantes les llegó el aviso de que debían empezar a formarse para abordar el bus. Diana se apresuró a regresar hacia donde estaba su familia para despedirse y se guardó el pasaje en los bolsillos de la polera.
Esteban, su padre, fue el primero en envolverla en un abrazo que casi la dejó sin respiración, pero no se quejó porque él le extendió un par de billetes. A último minuto, había juzgado que el dinero que le dio no iba a ser suficiente. Diana lo tomó.
—Toma. Me llamas si necesitas más.
—Gracias, papá.
Esteban José, el hermano del medio, y Santiago, el hermano menor, hicieron idénticas caras de indignación. Diana les sonrió y los abrazó.
—Les voy a traer algo.
—Más te vale —respondió Esteban José—. O no te hablo nunca más.
—Pórtate bien...
—Estoy bromeando, mamá.
Diana se rio y se dirigió a su madre. Johana le acomodó el cuello de la polera. Diana pensaba quitársela a la primera oportunidad, habría querido llevarla en la mochila, pero su madre había insistido tanto...
El aviso se repitió, recordándole que debía darse prisa. Se dio cuenta de que el entrenador la estaba buscando y tuvo que apresurar la despedida.
—Hasta luego, má.
—Llámanos apenas llegues.
—Creo que vamos a llegar de madrugada...
—Hazlo de todas formas.
—Ya, mami —dijo Diana. El abrazo de Johana no tenía la misma fuerza que el de Esteban, pero se igualaba en intensidad. No hubo billetes en esa ocasión, pero Diana no los echó de menos.
El aviso se repitió por tercera vez y Johana le dio leves empujoncitos con las manos. Esteban le entregó su mochila y Diana la tomó. Era hora de irse.
—¡Suerte!
—¡Ve con cuidado!
—¡No le hagas caso a extraños!
—¡Toma fotos, toma muchas fotos!
Su familia la acompañó hasta la cola y ella se formó apresuradamente. Subió al bus muy agitada. El resto del equipo estaba allí, acomodándose en sus asientos. Diana miró su pasaje.
Tenía el asiento número veintidós, del lado de la ventana. No eran la única delegación de la universidad que viaja en ese bus: el equipo masculino de fútbol también estaba por allí. Diana solo conocía a James, que era el pretendiente de Lucía, pero les sonrió a todos por educación. Caminó y saludó a sus compañeras. Alicia estaba sentada con Sandra. Diana agradeció que la suerte la haya librado de tener que pasarse incomoda todo el viaje.
Lo que descubrió no la hizo lamentarse de no sentarse a un lado de Sandra, si no de no poder viajar en la llanta del bus.
Úrsula tenía el asiento número veintiuno, pero había ocupado el lugar de la ventana.
Ambas se miraron, horrorizadas.
—Yo no voy a viajar así —dijo Úrsula, poniéndose en pie. Habló tan alto que llamó la atención de buena parte de los pasajeros. Algunos chicos silbaron y otros susurraron «¡Eh! ¡Bronca, bronca!». Diana se sintió muy avergonzada.
Gianella asomó la cabeza desde los asientos de adelante. Tenía el entrecejo fruncido.
—¿Qué pasó ahora?
—¿Quién eligió los números?
—La universidad —respondió Gianella.
Úrsula echaba chispas.
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La estrella y la luna | GL
RomanceDespués de terminar una intensa relación de tres años, Diana Beltrán elige integrarse al equipo femenino de vóley de su universidad. Todo va de maravilla hasta que la convivencia con Úrsula Cano, una de sus compañeras de equipo, se hace insoportable...
