Dalila se abrió paso entre los muchachos que pululaban por la sala. No estaba siendo amable en lo absoluto porque ser una mensajera la tenía de mal humor. Llegó hasta la piscina y, en sus alrededores, reconoció a Úrsula.
Se alegró de ver que la tumbona en la que estaba medio acostada estaba al lado de la de Héctor. Sin planearlo, había conseguido su oportunidad.
Fue hasta ella y le tocó el hombro.
—Te están buscando.
Úrsula respiró hondo. Ya estaba harta de toda esa situación.
—Mira, sí es uno de esos tarados que trajo Pedro...
—Creo que es una de esas taradas, pero a esa la invitaste tú, así que no estoy segura... ¿No quieres verla? ¿Quieres que le diga que se vaya? —Por supuesto que Dalila lo dijo para molestarla, no había manera de que hiciera de empleada de Úrsula por voluntad propia.
—Ah... —Úrsula lo comprendió y le pasó su vaso a medio tomar a Héctor. Se levantó y acomodó el cabello con los dedos—. No. A ella la boto yo.
—Como quieras —dijo Dalila y se sentó en la tumbona que había quedado disponible—. Está cerca de la puerta. Corre antes de que algún inadaptado la espante porque creo que ya le echaron el ojo.
Héctor miró a Úrsula alejarse con algo que se asemejaba a la consternación. Todavía le estaba costando asimilar la bisexualidad de Úrsula y eso que la conocía desde la secundaria.
—¿De verdad vino?
—Es buena gente —respondió Dalila, cruzando las piernas. Eso sería todo lo que diría en defensa de su compañera de equipo—. ¿Y? ¿Qué me cuentas?
Un par de personas —entre amigos, conocidos y completos extraños llenos de confianza— intentaron llamar su atención o ponerle un vaso en la mano, Úrsula se libró de todos ellos sin dedicarles una segunda mirada. Lo único que quería era llegar hasta Diana.
Diana no pudo ocultar su alivio al reconocerla y se puso en pie. Se sentía extraña por estar allí con una mochila y solo encontrarse a Dalila la había detenido de dar media vuelta y regresar a casa. Antes, había intentado llamar a Úrsula, pero las llamadas no entraron. Se preocupó de que le hubiera hecho una broma de muy mal gusto, pero ya estaba olvidado.
Úrsula le hizo una seña para que la siguiera. Como Víctor había contratado un DJ y todos los parlantes tenían el volumen al máximo, era difícil mantener cualquier tipo de conversación allí. La condujo escaleras arriba. Habían alquilado —mejor dicho, Víctor había alquilado— una casa enorme de tres pisos con piscina y azotea. Y, si bien la fiesta era en el primer piso, los muchachos no habían podido mantenerse alejados del resto de la casa.
Había un grupo congregado a las afueras del baño. Se hicieron a un lado para dejarlas pasar. Diana evitó mirar a cualquiera por la vergüenza, pero nadie la reconoció.
—Parece que un huevón se quedó dormido en el váter —dijo un chico entre risas.
—Levántenlo, pues —dijo Úrsula, indiferente. El chico hizo una exagerada reverencia.
—Lo que mi futura esposa pida —dijo y luego volvió a aporrear la puerta de madera. Diana se lo quedó mirando mientras iba tras de Úrsula.
—Por eso es que no debes poner tu casa para las fiestas. En el mejor de los casos, te vomitan el baño, en el peor... —le dijo Úrsula a Diana. Subieron por otra escalera hasta el tercer piso. Se escuchaban pasos y voces en la azotea—. En el peor te roban la televisión. Conozco a uno al que le robaron una laptop. Que choros.
Úrsula se sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta de una habitación. Encendió las luces y luego fue a sentarse en una de las dos camas. Diana se quedó parada bajo el marco de la puerta. Estaba como en trance.
ESTÁS LEYENDO
La estrella y la luna | GL
RomanceDespués de terminar una intensa relación de tres años, Diana Beltrán elige integrarse al equipo femenino de vóley de su universidad. Todo va de maravilla hasta que la convivencia con Úrsula Cano, una de sus compañeras de equipo, se hace insoportable...
