Llegó a su casa alrededor de las tres de la tarde. El dolor de su cuerpo y el cansancio superaban con creces a su hambre. Su madre no lo pasó por alto.
—Buenas tardes —dijo Johana, arrastrando las palabras. Diana se reprendió internamente por haber ignorado por completo la presencia de su madre y pasar de largo hacia la escalera. Todavía no le perdonaba la grosería de días anteriores—. Yo no críe burros.
—Perdón —murmuró Diana, sonriendo muy a pesar de sus dolores. Esperaba que eso sirviera para algo, aunque no tenía muchas esperanzas.
—¿Qué tal te fue? —inquirió la madre. Tenía en las manos un vaso de vidrio y un trapo con el que lo estaba secando. Había salido de la cocina al escuchar a la puerta abrirse.
—Bien. —Una mentira descarada y hasta obscena. Podría engañar a su padre, pero jamás a su madre. Y ella ya se había dado cuenta que se agarraba las costillas.
—¿Te golpeaste?
—Sí, pero... Es parte del juego.
Había jugado al vóley durante la mitad de su vida escolar y nunca antes había llegado a casa así de acabada. Johana la miró a la cara y Diana se acobardó. No le hizo ninguna pregunta, pero se sintió presionada a responder.
—Me enredé con una compañera y tropezamos. Me golpeó las costillas con la rodilla... —Esperaba que fuera una mentira convincente, aunque no tenía muchas esperanzas. Solo deseaba que no se enterara de su situación con Úrsula porque no iba a importarle que Diana estuviera en la universidad y fuera una adulta: Johana iba a indignarse y luego mover mar, cielo y tierra para solucionar el problema con sus propios métodos burocráticos.
Y si lo hacía, si lo conseguía, Úrsula jamás le permitiría olvidar que su madre había tomado partido por ella. Eso si que Diana no iba a soportarlo. Solo pensarlo era humillante.
Johana, que había sido madre durante casi media vida y había tratado con todo tipo de mentirosos en su trabajo, tenía la capacidad de adivinar cuando no le estaban diciendo la verdad. En ese caso, estaba cien por ciento segura que su hija le estaba ocultando algo. Socavó la resolución de su hija con una mirada.
—¿Y quién tuvo la culpa?
Esa era una pregunta interesante, pensó Diana mientras se rascaba la nuca. Erróneamente creyó que Úrsula sería profesional y se tomaría el juego en serio, pero desde que Diana puso un pie en la cancha, no dejó de molestarla. Priorizó su enemistad a sus deberes y, aunque ganaron todos los partidos, fueron el talón de Aquiles del equipo. Todos los puntos que les hicieron, los hicieron por su culpa. Intercambiaron muchos golpes y empujones, Úrsula incluso consiguió encajarle un pisotón en el pie y Diana se vengó cayendo sobre su pierna. Por supuesto que Úrsula no se quedó tranquila. Ella era la responsable de que le dolieran tanto las costillas y el resto del cuerpo. No iban a parar hasta matarse.
Tragó saliva. Lamentó que no hubiera nadie allí para ayudarla, aunque difícilmente hubiera servido para algo. Los hombres de esa casa —su padre y sus dos hermanos menores— eran unos cobardes cuando se trataba de Johana.
—Fue un accidente, mamá.
Johana se quedó pensativa y Diana se removió, incómoda. La madre murmuró: «Ajá» y la hija supo que no le había creído. Seguía sacándole brillo al vaso para alargar su sufrimiento.
—Deberían tener más cuidado.
—Sí, pero son cosas que pasan.
—No es la primera vez que vienes con la piel moreteada —replicó Johana con la tranquilidad de quién dice la verdad—. Y el vóley no es un deporte de contacto. Y no me gustaría que la próxima vez te devuelvan en pedazos.
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La estrella y la luna | GL
RomanceDespués de terminar una intensa relación de tres años, Diana Beltrán elige integrarse al equipo femenino de vóley de su universidad. Todo va de maravilla hasta que la convivencia con Úrsula Cano, una de sus compañeras de equipo, se hace insoportable...
