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Steven Grant x Reader . . .
El calor del desierto era... soportable.
Bueno, al menos si tenías la vestimenta adecuada para enfrentarlo. Caminaste por la arena, intentando no hundirte en ella, dando pasos largos y altos hacia donde estaba la tienda de campaña que compartías con Steven. Ambos habían venido al desierto en busca de Harrow y el escarabajo. En cualquier momento podrían encontrar la tumba de Ammit y liberarla.
Era demasiado riesgoso.
Limpiaste el sudor de tu frente con el dorso de tu mano. Hacía mucho calor, aunque no te podías quejar demasiado. Sabías a dónde ibas y te vestiste apropiadamente con un pantalón y un abrigo ligero para protegerte del sol.
—Hace calor, ¿no? —preguntó Steven, caminando detrás de ti. Su voz tenía un tono de agotamiento mezclado con una pizca de humor, típico de él.
Sin detenerte, giraste tu rostro hacia él y lo miraste. Su rostro estaba enrojecido por el calor, pero sus ojos brillaban con ternura.
—Sí... un poco —respondiste con una sonrisa cansada.
El desierto se extendía interminablemente a su alrededor, un vasto mar de arena dorada que reflejaba la luz del sol en todas direcciones. La tienda de campaña se erigía solitaria en la distancia, una estructura blanca, algo amarillenta debido a la arena que se habia impregnado en ella.
Llegaron finalmente a la tienda, y Steven, con su habitual gentileza, levantó la lona para que pudieras entrar primero. Una vez dentro, el aire se sentía un poco más fresco, aunque la temperatura seguía siendo alta. Te sentaste en una de las sillas plegables y tomaste un trago de agua de tu cantimplora, dejando que el líquido refrescara tu garganta seca.
—¿Crees que estamos cerca? —preguntó Steven, sentándose a tu lado y quitándose el abrigo para pasar una mano por su cabello sudado.
Suspiraste, mirando el mapa desplegado sobre la mesa improvisada.
—No lo sé, Steven. Pero no podemos permitir que Harrow encuentre la tumba de Ammit antes que nosotros.
Steven asintió. Su rostro se notaba serio y concentrado. Hasta podías jurar que habías visto a Marc en una fracción de segundo.
—Lo sé. Haremos todo lo que podamos para detenerlo.
Te quitaste el abrigo y suspiraste, sintiendo un alivio inmediato al despojarte de la pesada tela que acumulaba el calor del día. Te sentiste más libre en ese momento, como si por fin pudieras respirar.
—Iré a la camioneta —dijo Steven, acercándose a la puerta de la tienda—. Te esperaré afuera, ¿de acuerdo?