¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¡MARC SPECTOR! —gritaste desde el baño. Marc, que estaba lavando los platos en la cocina, se tensó completamente.
Dios, acabas de llamarlo por su nombre completo... ¡POR SU NOMBRE COMPLETO!
Maldición, es hombre muerto.
Tragó saliva nervioso. ¿Habrá hecho algo malo? ¿Habrá dicho algo malo? ¿Descubriste algo que estaba ocultando? Si era así... ¿qué cosa podría ser? Tantas cosas que ocultó que ni siquiera sabe qué cosa pudieras haber descubierto.
Dejó el plato que tenía en la mano en el lavaplatos y miró hacia atrás.
—¿Sí...? —exclamó desde su posición, sin saber si huir del departamento o simplemente apuñalarse con el cuchillo de cocina.
—¡VEN AQUÍ AHORA MISMO! —volviste a gritar, aún estando en el baño. Oh, eso lo hizo sudar frío. Volviste a gritar, y parecías enojada. Él estaba asustado... sí, Marc Spector asustado.
Caminó por la sala y luego dudó si entrar o no. Pero no pudo hacer nada más que girar la perilla y avanzar.
—¿Qué pasa? —preguntó con el corazón en la garganta, asomando su cabeza.
—¡MATA A LA CUCARACHA, MARC! —exclamaste asustada, subida a la tapa del retrete, mientras apuntabas hacia el suelo.
Marc miró a dónde tu dedo señalaba y soltó un suspiro de alivio. Luego de eso, pisó al insecto.
—¿Mejor?
—Muchísimo mejor —respondiste, con una sonrisa.
—Dios, casi me das un infarto—. Murmuró mientras iba hacia la puerta de salida.
—¿Por?—. Intentaste contener la risa a la vez que bajabas de la tapa del inodoro.
—No, nada—. Respondió, yéndose de ahí para volver a hacer lo que estaba haciendo.
—¡Marc, era una broma!—. Reíste y saliste a su detrás al saber que lo habías asustado por un momento.
Steven Grant
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¡STEVEN GRANT! —gritaste con fuerza, desde la sala.
Steven, que estaba en el dormitorio revisando unos documentos sobre el antiguo Egipto, se sobresaltó tanto que dejó caer el libro que tenía en las manos. Su corazón empezó a latir con fuerza.
—Oh no, ¿qué he hecho ahora? —murmuró para sí mismo, sintiendo un nudo en el estómago. No era normal que te enojes. Pero siempre había una posibilidad. Una posibilidad que pensó que nunca llegaría.
Se había equivocado.
Se apresuró a salir del dormitorio y se dirigió hacia ti con una expresión de pura preocupación en su rostro.
—¿Sí...? —preguntó con su voz temblorosa, tratando de no parecer demasiado asustado a la vez que se asomaba con algo de preocupación.
—VEN AQUI!—volviste a gritar, y Steven tragó saliva, sintiendo que sus piernas casi flaqueaban.
Caminó lentamente hacia la sala, sus pasos pesados como si estuviera caminando hacia el cadalso. Cuando finalmente llegó, te encontró sosteniendo un libro en la mano.
—¿Qué pasa? —preguntó con el corazón en la garganta, sus ojos grandes llenos de preocupación.
—¡Encontré el libro que habías "perdido" el otro día, recuerdas?—. Dijiste con una sonrisa alegre, yendo hacia él, dando saltistos de felicidad— Deee nada!
Steven miró el libro y luego a ti, sintiendo un enorme alivio al darse cuenta de que no era algo grave.
—Oh, por todos los dioses, casi me da algo...—Murmuró aliviado tomando el libro de tus manos—. Gracias, amor...enserio.
—No Hay de que —respondiste, pero con una sonrisa suave.
Jake Lockley
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¡JAKE LOCKLEY! —gritaste haciendo que tu voz resuene en todo el departamento.
Jake, que estaba cómodamente sentado en el sofá viendo un partido de sóftbol, se tensó al escuchar su nombre completo. Terror de todo latino. Él no le tenía miedo ni a la muerte, pero tu diciendo su nombre completo... Le helaba la sangre.
Sus ojos se abrieron un poco más y se enderezó de inmediato.
—Oh, chingada madre... —murmuró, sabiendo que cuando usabas su nombre completo, las cosas se ponían serias. Ycuando digo serías...SON SERIAS.
Se levantó del sofá y caminó lentamente hacia el pasillo, preguntándose qué habría hecho esta vez para merecer el llamado.
Se detuvo frente a ti con una sonrisa traviesa, pero sus ojos mostraban una pizca de preocupación.
—¿Qué pasa, mami? —preguntó, inclinando la cabeza.
—¿Me ayuda a sostener la silla? —preguntaste, apuntando a la repisa. No alcanzabas.
Bendito sea dios que no era por qué estabas enojada. Un poco más y ya estaba listo para irse a tomar el palo.
Jake suspiró y rodó los ojos con una sonrisa.
—Como no, mi reina.—dijo, poniéndose cerca de la silla—. Pero para la próxima que quiere uste' llamarme no me diga "Jake" yo soy su Papi, así que dígame así.
Tú reíste suavemente, subiendo a la silla.
—Bien, lo que usted diga, Papi—. Respondiste.
—En la unica ocasión donde puede llamarme por mi nombre es cuando me la cojo bien rico en la cama—. Agregó juguetón, apretando una de tus piernas.