Comí cuatro rosquillas, encontré galletas de azúcar y las junté con mantequilla para crear bocados deliciosos.
-Una vez robé unas galletas de la alcoba del príncipe Castell.-murmuró Alister mientras masticaba para atraer la atención de Mikail, quien rió entretenido.- Al día siguiente, azotó a los caballeros del arzobispo porque sabía que ellos ya le habían robado antes.
Ambos explotaron en carcajadas, tirados en los suelos.
-Callad, animales.-amenacé con veneno, estaba hambrienta y aterrorizada.
Padre podría aparecer en cualquier momento.
-Yo me fumé el alijo de hierba del Duque de Haymur cuando volvimos de las campañas en las dunas.- reveló Mikail sin parar de reír.- Tenía una adicción tan grande, que incluso fumé manzanilla.
-Y sigues siendo un adicto.- Alister metió un dedo en la mantequilla y lo utilizó para untar una galleta.
-Dios mío, eres asqueroso.¿Así tratas a las señoritas de la calle cuatro?- supuse que se refería a las damas de compañía.
-Puedo decirte a las que no…Todos al suelo.-Mikail tiró de mi tobillo haciendo que cayese en sus brazos.
Un caballo. No. Más de dos. Un galope firme y sonoro que se aproximaba en la distancia.
Actuaron rápido, corrimos agachados hasta la despensa, Alister abrió la pesada puerta de roble macizo y hierro y me colocó en su interior. Mikail sacó dos espadas escondidas tras la escoba y varios cuchillos que escondieron en sus pantalones y botas.
- Si gritan, no salgas. Si gritamos, corre hacia el establo de los criados y toma a mi yegua, baja el río hasta que llegues al pueblo.-Alister besó mi frente antes de encerrarme y cerrar la puerta. Podía escapar tras una puerta secreta escondida detrás de mí.
No sabía si sería capaz de huir, apenas podía moverme. El pánico había sustituido el placer con rapidez, busqué un cuchillo con manos temblorosas y me convertí en un pequeño bulto bajo los estantes, colocando frente a mí una cesta enorme llena de trigo.
Logré escuchar a varios caballeros presentándose, padre bajó las escaleras entre gritos y maldiciones. Exigió saber el motivo de su presencia en aquel momento, mis hermanos lo respaldaron con firmeza.
La guerra había comenzado
Por la mañana di gracias a las hierbas de mi hermano por hacerme dormir al menos dos horas. La guerra había llegado acompañada por mi periodo pues enormes manchas escarlata cubrían las sábanas.
Había ordenado que llenasen la bañera de agua hirviendo. Arrojé un pequeño saco de sales relajantes al agua, aceite de almendras y camomila. Me deshice del albornoz de seda con suavidad para sumergirme por completo. Mi piel adoraba el calor infernal de los baños, generaba un placer peligroso en el centro de mis piernas.
Un pinchazo en el abdomen me atacó sin avisar. Tendría que huir con mi periodo, mi peor pesadilla. Hacía un año ya que habían empeorado, más sangre, más dolor, náuseas e hinchazón. Sería una tortura lenta y agonizante.
-Mi señora Liara, su té para el dolor y el bálsamo para los calambres.- la voz de mi criada atravesó la puerta del baño.
-Pasa, Adela, gracias por traerlos tan rápido.- el vapor se dispersó con su entrada.
Siempre evitaba mirarme a los ojos cuando me asistía en el baño, tampoco es que me gustara, no necesitaba ayuda. Mientras colocaba mis remedios en una pequeña mesa de cerezo al lado de la bañera, me di cuenta de que hoy había recogido su pelo con un peine de plata y una flor azul.
ESTÁS LEYENDO
Danza de Lobos
FantasyCuando estalla la guerra, Liara es enviada al castillo de su familia para mantenerse a salvo. Pero en el camino, lo imposible ocurre: es atacada por criaturas monstruosas... y salvada por algo aún peor. Un ser oscuro la reclama, un mundo desconocido...
