A veces despertaba después de soñar que era primavera en mi casa. Soñaba, una y otra vez, con los campos de lavanda y girasoles, con mis hermanos escalando el sauce detrás de nuestra casa, con el río que cruzaba nuestros jardines lleno de pequeños peces de colores.
Soñaba con los rayos de sol calentando la hierba, mi rostro, mis manos, el tacto suave de los pétalos de una flor recién cogida. El olor dulce de una cesta llena de flores, el sonido de las abejas y las mariposas revoloteando a mi alrededor.
No me quedaba otra cosa que soñar cuando cada mañana que abría los ojos, lo único que veía en el exterior del castillo era nieve. Tormentas de nieve que asolaban los bosques sin parar, bloqueaba los caminos, montañas heladas e impracticables a nuestro alrededor.
Me obligaba a contar los días, a no perder la noción del tiempo y cuando sentía que mi pecho se desgarraba por dentro al no saber nada de Tristan ni de mi familia, a rezar. Porque no sabía cómo salir a delante, cómo dar la cara cuando la hermana pequeña de Lynette preguntaba sobre la guerra o cuando Adela hablaba sobre su familia.
No podía hacer nada, ni por los demás ni por mí. La nieve había parado el tiempo a nuestro alrededor, encapsulando nuestro mundo en un reino helado. Día tras día, noche tras noche, esperando noticias, intentando conciliar el sueño, vagando por el castillo como un alma en pena.
Al principio decidí escribirle cartas a mis hermanos y a mi padre, tenía la débil esperanza de que quizás aparecería un mensajero con la noticia de que se habían abierto las fronteras y podía llevarles mis cartas. Tenía mucho que contarles y Tristan formaba parte de mis cartas. Aunque llevaba casi un mes sin verlo desde que desapareció para vengarme en el pueblo, cada vez tenía más claro que estaba enamorada de él.
No podía evitarlo, una parte de mí decía que había sido descuidada con mi corazón y mi cuerpo pero no me arrepentía de ello. La otra parte admitía que me había dejado llevar para comenzar a vivir y volvería a hacerlo una y otra vez.
Entré en mi alcoba después de mi quinto paseo por el castillo para conciliar el sueño, era tarde y aunque todos los fuegos de la casa ardían con fuerza, era necesario abrigarse. Saqué un baúl de debajo de mi cama para buscar un chal de lana que echarme por encima. Había olvidado todas las hermosas prendas escondidas en él, pañuelos de seda y camisones lujosos. Rebusqué entre ellos y por alguna razón, no paraba de encontrar pequeñas semillas derramadas entre mi ropa. Sabía que había escondido la bolsa que me entregó el maestro de pociones en ese baúl, pero pensaba que la había cerrado bien.
Reuní un puñado de las semillas en mi mano y las dejé sobre mi cama, dándome cuenta de que la bolsa había desaparecido. ¿Quién podría haber rebuscado entre mis cosas para coger algo así? Las chicas sabían que se las daría si las necesitaban, pero no pensé que pudieran robármelas y menos la bolsa entera, tirando el resto sobre mi ropa.
Irritada, intenté calmarme. Tenía que haber sido la pequeña granuja, solo aquella niña podía hacer algo así. Bajé las escaleras rápidamente con el rostro ardiendo por el enfado, había pagado un buen precio por aquellas semillas y las necesitaba. Al menos tenía la esperanza de que cuando Tristan volviera, podríamos recuperar el tiempo perdido.
Irrumpí en la habitación de Lynette, quien bebía una copa de vino frente al fuego mientras observaba a su hermana sentada en el suelo jugando con muñecas.
Ambas se giraron sorprendidas al verme.
-¿Sucede algo? - Lynette frunció el ceño, preocupada.
Dudé durante unos segundos. No podía acusar a su hermana de algo así, tenía que relajarme. Dejé salir todo el aire contenido en mi pecho, liberando toda la tensión en mi cuerpo.
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Danza de Lobos
FantasyCuando estalla la guerra, Liara es enviada al castillo de su familia para mantenerse a salvo. Pero en el camino, lo imposible ocurre: es atacada por criaturas monstruosas... y salvada por algo aún peor. Un ser oscuro la reclama, un mundo desconocido...
