Capítulo 40

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Tres jarras de vino después, apenas recordaba el motivo de mi visita al mercado de las luces cuando Meirun volvió a nuestra mesa con un paquete de tela oscura y recogió todas las jarras vacías que habíamos dejado sobre la mesa.

-De parte de mi amigo, ha mandado unas instrucciones con el paquete.- asentí en silencio y lo guardé rápidamente en mi bolso.- Tengo un sitio, por si os interesa, no os cobraré mucho.

Arqueó una ceja caoba con picardía y señaló con la mano libre la copa de un árbol cercana en la que había una enorme casa construida con tablones de madera.

-Hemos quedado con el barquero al amanecer, no creo que le siente muy bien si nos quedamos dormidos.- hablé entre risas.

-Dormidos, claro que sí.- soltó otra carcajada.- Mejor a la próxima.

No se marchó sin antes dedicarle a Tristan otra carcajada.

-¿Sabes que no es a eso a lo que se refería? - los ojos de Tristan ahora eran salvajes.

Su mirada me recorría de arriba a abajo, pasando por mis labios hasta mis pechos donde hacía un rato había derramado unas gotas de vino haciendo que la tela se transparentara y mostrara mi piel con claridad. El pudor me invadió y quise cubrirme pero el calor entre mis piernas me dio la respuesta que Tristan buscaba, decidí en cambio inclinarme sobre la mesa y él me imitó.

Apenas a centímetros de su boca, mi respiración entrecortada y la suya.

-¿Entonces por qué comenzó la guerra?- esta vez lo pillé tan desprevenido que sus labios temblaron al escuchar mi pregunta y se separó abruptamente de mí.

-De todas las cosas que esperaba que salieran de tu boca en este momento, esta es la última.- carraspeó y volvió a sentarse.

-Meirun me dijo que deseaban otra ronda.- un camarero se acercó a nosotros con otro par de jarras de vino caliente y se marchó con rapidez.

-Sigo esperando tu respuesta. Si has estado viviendo en el imperio del sur, tendrás que saber porqué nos declararon la guerra.- cogí la jarra y bebí de nuevo, dejando que el vino quemara mi garganta para volver a sentir ese delicioso cosquilleo de inhibición en el cuerpo.

-De acuerdo, te lo contaré.- cogió su jarra de vino y dio un trago antes de hablar.- ¿Sabes cómo empieza una guerra?

-Supongo que con un ataque sin provocación.

-No te equivocas, pero no es el caso. Cuando el abuelo del rey llegó en barco al imperio de sur, afirmó que eran gentes simples y barbáricas. Vio sus palacios de arena, su comida y sus mercados y los despreció. Pero hubo algo que llamó su atención.

-Las minas.- afirmé y Tristan asintió.

-Comenzó a explotarlas pagando una cantidad simbólica, no se dieron cuenta de que habían firmado un pacto generacional sin quererlo, entregando sus minas.- se formó un nudo en mí estómago cuando recordé todas las joyas que mis hermanos me habían regalado.- Más tarde descubrieron las especias, expropiaron grandes campos de cultivo y se las llevaron a la capital. Poco a poco fueron tomando sin dar nada a cambio, quitando trabajo, riquezas y exportando sus productos para venderlos a precio de oro al otro lado del continente. El imperio se ha dado cuenta de que la única forma de detener esa locura es enfrentarse a ellos.

Me ardía la cara recordando todas las veces que había comido con especias, las sedas que había vestido y caprichos que me habían regalado.

-Nunca lo había pensado, a decir verdad, ni se me había ocurrido.- confesé avergonzada.

-No te preocupes, no es la historia que quieren contar. Dudo que mucha gente de aquí la conozca.- se encogió de hombros para seguir bebiendo.

Parecía pensativo, como si contarme todo aquello le hubiese removido algo en el interior.

-¿Echas de menos tu hogar en el sur? Ocho años es mucho tiempo.- ¿acaso le esperaba alguna muchacha?

-La gente, pero mi corazón está aquí.- desvió la mirada hacia el cielo mientras llevaba la jarra de vino sus labios una vez más.

Cuando las luces del alba comenzaron a iluminar el cielo, ya habíamos montado de nuevo en el barco dejando atrás el fascinante mercado de las luces.

Me tapé la boca mientras bostezaba, apenas podía mantener los ojos abiertos. Me apoyé sobre el hombro de Tristan mientras avanzábamos por el río y este mecía el barco como la cuna de un recién nacido.

-Puedes dormirte, te despertaré cuando lleguemos, cervatilla.- susurró acariciando mi cabello.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora