Capítulo 42

185 25 13
                                        


El aire era helador pero no me importó. La tierra estaba húmeda bajo mis pies, el sendero era resbaladizo y la oscuridad apenas me permitía ver el rumbo de mi camino y aún así no paré. No sabía a dónde me dirigía, pero sentía que si dejaba de correr, mi corazón dejaría de latir.

Un doloroso pensamiento se había colado en mi cabeza y apoderado de mi imaginación. Mi padre y mis hermanos muertos en el campo de batalla, yo expulsada del castillo junto con el resto de sus habitantes. Sin dinero y sin un lugar a donde ir.

No recordaba cómo había salido por el laberinto ni cuánto tiempo había pasado, me encontraba en mitad del bosque, en un mar de árboles y hierbas altas. La luna estaba escondida tras las nubes y las luces del castillo habían quedado atrás hace mucho, sin embargo las luciérnagas pronto aparecieron frente a mí. Pausé para recuperar el aliento, hacía mucho que no corría una distancia tan larga y me ardían las piernas.

Volví a colocar una mano sobre mi pecho, mi corazón era como un martillo de hierro que chocaba contra mis costillas. Tenía que encontrar la forma de distraerme. Miré las luciérnagas con envidia, eran hermosas y brillantes, nada pertubaba su pacífica existencia. Volaban a mi alrededor y ascendían, perdiéndose entre los árboles. Una de ellas se posó justo sobre la mano encima de mi pecho y permaneció ahí hasta que mi respiración se calmó, y cuando despegó para volar, lágrimas amargas brotaron de mis ojos.

-No sé qué hacer, me he perdido y no sé cuál es el camino.- mi vida era un rompecabezas sin las piezas necesarias para resolverlo, dejé que mis lágrimas se derramaran sobre la tierra mientras observaba las criaturas luminosas.

Giré sobre mí misma en busca del camino de vuelta al castillo pero no pude vislumbrar nada más allá de las luciérnagas. El bosque era frondoso y no había un camino claro que pudiera seguir.

Tenía tanto frío que había empezado a tiritar, y en mi momento de pánico no había sido consciente de que una ligera lluvia se había precipitado sobre el bosque, empapando mi vestido.

Había cometido un terrible error.

Resignada a rendirme, di media vuelta y me agaché esperando a ver mis huellas sobre el suelo. Cuánto más fuerte llovía más se borraban pero si me daba prisa antes estaría acurrucada junto al fuego. Las luciérnagas habían desaparecido, dejándome sola en la oscuridad, no tenía tiempo que perder. Alcé mi vestido mojado hasta las rodillas y comencé mi camino de vuelta, fijándome en el rastro que había dejado y cuidando mi paso entre las raíces. La tierra pronto se transformó en barro, llevándose consigo toda huella y me vi obligada a refugiarme bajo un árbol de hojas frondosas. El aire olía a tierra mojada, pino y flores silvestres, si no estuviera a punto de morir congelada seguiría allí hasta el amanecer pero no podía detener los temblores que recorrían mi cuerpo.

Si no continuaba a mi camino, moriría de frío en unas pocas horas.

-Ojalá estuvieras aquí, Tristan.- hablé para mí misma, dios sabía cuánto lo necesitaba.

Deseaba dar marcha atrás y volver en el tiempo, haber hecho caso a la duquesa y no correr hacia el peligro como un zorro hacia el arquero.

Liara…

Pegué un salto y juraría que mi corazón estuvo a punto de detenerse en aquel momento pues alguien me había llamado.

Liara…

Aterrada, miré hacia todas las direcciones, no podía saber el lugar del que provenía la voz. No podía ni siquiera distinguirla.

Liara…Hueles a miedo.

Salí corriendo como un caballo desbocado sin rumbo ni dirección, incapaz de buscar un razonamiento lógico a lo que acababa de pasar. Había algo en su voz, un temblor en cada sílaba, algo gutural y roto.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora