Capítulo 31

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Respiré, alterada por el susto de encontrarlo observándome, apenas había desviado la mirada hace unos segundos.

No habló, tan solo se limitó a observarme con interés hasta que llegué frente a él.

-¿Por qué debería dejarte entrar?- inquirí con tono desafiante a la par que cruzaba los brazos.

Miró hacia el suelo, moviendo su mandíbula hacia los lados a la vez que pensaba una respuesta y por fin me miró a los ojos.

-Porque te debo explicaciones.- admitió con tono brusco y arrepentido.

-No me las ofreciste aquí, cuando entraste la primera vez.- expresé con desesperación.- Quería entregarme a tí pero estaba…enferma, no era yo misma, no sabía lo que hacía.

-No lo volveré a hacer, te lo prometo.- habló detrás del cristal sosteniendo mi mirada.- Solo cuando conozcas lo que significa nuestro vínculo y pueda controlarme, te tomaré, Liara.

-Así que sabes mi nombre y quieres que te deje entrar en mi alcoba pero aún no me has dicho el tuyo.- lo señalé colocando un dejo sobre el cristal helado.

-Tristan. Ese es mi nombre.- habló sin dudarlo.

-Voy a peinarme y después dormiré, te invito a una copa de vino.- no, aún no se me había pasado la borrachera de la cena.

Tiré de la manivela y el cristal rectangular se elevó en el aire creando una puerta para que él entrara. Pareció dudarlo mientras observaba mi cuarto pero con paso firme entró, alzándose totalmente. 

Retiró la capa de su cabeza y asintió hacia mí como lo hubiese hecho un caballero de la corte. Permaneció en pie observándome durante un rato, apenas podía moverme por los nervios.

-Puedes servirte tú mismo.- me acerqué a él para entregarle la botella y una copa vacía. 

-No acostumbro a beber.- le observé dejar ambos objetos de nuevo sobre una pequeña mesa redonda mientras yo volví al tocador para continuar peinándome.

No podía dejar que mi cabello se secara o tendría que sumergirlo en el agua de nuevo para ser capaz de peinarlo. 

-Lo que viste en el castillo forma parte de nuestra tradición desde hace milenios. Aunque los hombres de vuestro reino no vivan en nuestras tierras eso no significa que estén vacías.- me explicó mientras tomaba asiento sobre mi cama, tuvo que encogerse pues su cabeza chocaba con el techo. 

Apoyó sus hombros sobre las rodillas dejando caer hacia adelante sus manos cansadas. Su verga capa de piel negra caía sobre el suelo como un manto oscuro. Llevaba una camisa blanca bajo un chaleco de piel a juego con la capa y pantalones y con una tela gruesa que terminaba metida bajo unas botas con suelas gruesas que casi llegaban hasta sus rodillas.

Sus ojos parecían devorarme de arriba a abajo y por como mordía el interior de su mejilla podía imaginar lo que quería hacer conmigo. Mentira, a juzgar por el calor que no hacía entre mis piernas deseaba poder averiguarlo, pues apenas conocía lo que sucedía en el dormitorio entre dos personas que se deseaban con tanta pasión. 

-Entiendo.-  ni siquiera sabía que responder.- ¿A quienes te refieres? 

-Los habitantes del bosque, los hombres del pueblo y del castillo. Aquellos que viven entre los árboles sin ser vistos, brujas que habitan en cabañas bajo la sombra de nuestras montañas, seres que tendrías que ver para poder creer su existencia y criaturas con un poder inimaginable que permanecen ocultas bajo algunas de nuestras cuevas más profundas.- relató con cautela esperando mi reacción.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora