Capítulo 43

199 27 20
                                        

-Mírame, Liara. Abre los ojos, por favor, cervatilla.- tomó mi rostro entre sus manos temblorosas, había una terrible angustia en su voz y aunque estaba frente a mí, le escuchaba desde lejos.- No me hagas esto, por favor.

Sus palabras fueron una súplica dolorosa y tuve que luchar contra la oscuridad para llegar hasta él. Parpadeé varias veces hasta encontrarme con sus ojos dorados cristalinos y brillantes.

-¿Cómo has…? - logré murmurar, sentía como si me hubiesen arrancado el aire de los pulmones.

Tristan desvió su mirada, pese a la lluvia helada, sus manos cálidas sobre mis mejillas me anclaban a la realidad. Intenté incorporarme pero un pinchazo agudo atravesó mis costillas y me sujetó con sus cálidas manos.

-¿Te ha tocado?- negué levemente mientras examinaba mi torso con sus dedos, presionando levemente sobre mis costillas para buscar cualquier fractura.- Tienes algún corte pero tú dolor solo es muscular. Estás exhausta.

-Tristan yo…- quise disculparme, ponerme en pie pero no sentía mis extremidades.- Tristan.- volví a llamar su nombre, esta vez con la voz ahogada por el pánico.

Con su rostro reflejando el pánico, no tardó en cogerme entre sus brazos, su piel cálida chocando contra la mía, ofreciéndome un momento de alivio tras el frío. Me sostuvo con firmeza, colocando un brazo bajo mis piernas y otro bajo mi espalda, pegué mi cabeza como puse sobre su cálido pecho. Su paso era firme pero cauteloso.

-¿Esa bestia está…?- pregunté temerosa.

-Muerta.- la gravedad en su voz no me dejó duda alguna.

Su paso era rápido, desesperado incluso, como si temiera que pudiera desvanecerme entre sus brazos.

Cuando llegamos hasta el castillo, todas las luces estaban apagadas, indicando que sus habitantes ya descansaban. Tristan empujó la puerta del laberinto con su espalda para no soltarme y lo atravesó tan rápido que me hizo pensar que ya conocía el camino desde hace mucho tiempo.

Se detuvo frente a la pared de piedra cubierta de enredaderas que escalaban hasta la balaustrada de mi alcoba.

-¿Puedes agarrarte a mi cuello? Necesito las dos manos para subir.- me miró a los ojos con incertidumbre.

-Creo…que sí.- soltó su agarre en mis piernas con cuidado, manteniéndolo a ambos lados de mi cadera mientras yo rodeaba su cuello con mis brazos.

En cuanto sintió que lo agarraba con la suficiente seguridad, escuché como su respiración de estabilizaba y comenzó su ascenso. Cerré los ojos, enterrando mi rostro en su cuello mientras ascendíamos. Cada paso seguro, cada inhalación lenta y profunda, mantuve los ojos cerrados hasta que noté como detenía y se sentaba, girando para dejarme caer en la terraza.

Liberé su cuello e intenté ponerme en pie pero mis piernas cedieron de inmediato, incapaces de sostenerme y estuve a punto de caer al suelo de no ser por su rápida intervención.

-Te tengo.- me tomó entre sus brazos de nuevo, alzándome por la cadera.

-No podemos abrir desde fuera.- mencioné alarmada, tendríamos que haber entrado por la cocina pero nos habrían pillado.

Miré a través del cristal mientras Tristan me sostenía y olvidé que había encargado a Jana prepararme un baño caliente, el vapor de la bañera empañaba el cristal y el fuego rugía en la chimenea con fuerza.

-Tienes que bajarnos, te abriré desde dentro.- me miró extrañado y con el ceño fruncido, ambos sabíamos que no sería capaz de llegar a mi habitación andando.

-Eso no será necesario.- se acercó a la pared de piedra, justo frente al mecanismo que la abría desde dentro y presionó sobre una roca redonda y ligeramente más lisa y oscura que las demás.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora