Capítulo 41

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-Sé que lo hacéis por mi bien pero esa pomada escuece muchísimo.- Adela se alejó de Jana una vez más.

Las heridas que las bestias habían dejado en su cuerpo eran profundas y cuidar las cicatrices una tarea sumamente importante. Ahora su ojo permanecía cerrado, aquella herida había sido más profunda que el resto y sus consecuencias mayores. Nunca volvería a ver, su cuello, sus brazos, su abdomen y sus piernas marcadas por las garras. Un recuerdo de aquella fatídica noche que nos acompañaría hasta la tumba.

-Cuanto más escueza, menos cicatriz quedará.- replicó Jana mientras restregaba la crema sobre su clavícula con cuidado.

-Os agradezco enormemente que me cuidéis con tanta dedicación, pero tened por seguro que no necesito tantas atenciones.- Adela se resignó a ser tratada.

Junto con Jana, había fingido organizar una inocente merienda para entrar en su habitación y pillarla desprevenida. Bebí mi infusión caliente observando la escena, la pelirroja se había ofrecido a tratarla, pues aseguraba que su hermano pequeño era tan difícil de cuidar como Adela.

-Voy a bajar a por más pomada. Vigila que no se la quite.- Jana salió de la habitación con el bote vacío en las manos.

Adela se sentó sobre la cama, azorada e incómoda.

-Este camisón debe pertenecer a alguna de las ancianas.- estiró de sus mangas largas abullonadas y se puso en pie, tambaleándose por un segundo.

Dejé el té para correr a su lado y sujetarla por el torso, obligándola a sentarse. Adela me miró con frustración y dejó salir un suspiro cansado.

-No voy a romperme, es más, pronto tendré que recuperarme para volver a mi trabajo. Si vuestro padre se entera…

-Si mi padre se entera de lo que sucedió en el manantial, tendrá que pagaros una cuantiosa suma de dinero cada año. De no ser así, seré yo quien se encargue de procurar el dinero.- tomé sus manos y las junté con las mías.- No quiero que vuelvas a trabajar, Adela. No quiero que pases necesidades ni penurias, no después de esto.

-Permíteme ser franca, ¿qué veís cuando me miráis?- preguntó con una mueca triste en los labios.

-Veo dolor, Adela. Veo las noches sin dormir que he pasado preguntándome si recibiría una mala noticia al amanecer. Veo sangre y veo mucho terror, me miedo en tus ojos cuando llegaron las bestias y veo la sangre en el agua.- los recuerdos de aquella fatídica noche pasaron por mi cabeza.

-Yo veo suerte.- afirmó tranquila y su serenidad me sorprendió.

Se giró para mirar hacia la ventana que daba al laberinto.

-No volveré a ser la misma, eso lo tengo claro. Me llevará tiempo acostumbrarme a esta nueva yo y aunque no vea al amanecer con uno de mis ojos, sentiré el calor del sol sobre mi piel y por ello daré gracias cada mañana.- apretó mis manos con fuerza y sonrió.

-Viviremos por Elena.- le devolví el gesto y miré por la ventana.

La luz dorada del sol contrastaba con el eterno verde del bosque, aunque algunos de sus árboles habían seguido el ciclo natural del otoño, otros se mantenían robustos formando aquel manto esmeralda, que cubría densamente las tierras.

-Y en cuanto puedas salir te llevaré a algunos de los lugares que he encontrado en el bosque. Te prometo que no te arrepentirás.- hablé con entusiasmo para animarla pero ella me miraba pensativa.

Jana volvió a entrar en la habitación con un tarro lleno de crema.

-Irena te busca, acaba de volver del pueblo.- no tuvo que decir más para que saliera corriendo escaleras arriba.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora