Capítulo 27

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No dormí. Ni un solo minuto, ni una sola hora. Me pasé la noche en vela mirando hacia el bosque, escuchando el crujir de las ramas, los aullidos de las bestias y el eco de los vendavales.

Salí al balcón cuando la lluvia por fin cesó y respiré el aire fresco de la madrugada.

-Prepara un carro para mi hermana y para mí, vamos a hacer recados en el pueblo.- escuché la voz de Oreja desde abajo, no podía verla pero sí escuchar su conversación.

Apenas comenzaba a amanecer, lo que significaba que saldrían al pueblo.

-Veo que acabas de llegar. Buenos días, Jana.- la anciana habló de nuevo, por mucho que intentara encontrarlas, no podía verlas, mi balcón tan solo daba a una zona del laberinto.

-Buenos días, sí, la señora me mandó marchar al pueblo por la tarde.- comencé a tejer un nuevo plan en mi cabeza.- ¿Cuándo estarán de vuelta?

-Antes del anochecer, por supuesto. No queremos encontrar problemas por el camino.- la respuesta de Irena fue el primer hilo para comenzar a tejer mi plan.

Cogí mi capa roja y abandoné mi alcoba sin pensarlo. Jana pegó un salto en la cocina al verme, tal vez por mi presencia o por la energía que emanaba mi cuerpo. Estaba cortando cebolla y tenía las manos húmedas y los ojos rojos y llorosos. Me acerqué a ella con más calma.

El lobo

-Las tropas del emperador llegaron al sur hace meses, se infiltraron como comerciantes e inmigrantes para viajar sin ser detectados. Los cascos plateados se habían confiado y los soldados les ofrecieron sobornos para que no registrasen el cargamento que portaban.- expliqué con cautela delante de mi padre y los tres ancianos de la manada.

Estaba sentado en el centro de la estancia, frente a cuatro hombres a los que no había visto en nueve años, uno de aquellos cuatro, la persona que más me odiaba.

Disfrutaba tanto viéndolo ahora, cansado, desgastado por el peso de una corona que ni siquiera le pertenecía. ¿La mejor parte de mi día? Ver su rostro lleno de pánico cuando me reconoció frente a él, ver cómo el niño asustado se había convertido en un hombre que le sacaba dos cabezas de ancho y alto, y por fin, confirmar sus sospechas. Mi mera existencia era una amenaza para él y su familia.

-Es terrible. ¿Cómo es posible que el rey se haya confiado tanto? - se lamentó mi padrino acariciando su barba pelirroja ahora llena de canas.

Estaban sentados sobre tronos de madera a lo largo de una mesa de piedra que nacía desde el propio suelo, mi padrino a la izquierda, mi padre a su derecha y los hombres más ancianos de nuestra manada.

-Eso lo sabíamos todos, mis hombres de la capital dicen que se dedica a pasear al príncipe y presumir de él, lo único que hace es organizar banquetes en su honor.- dijo el hombre a la derecha del todo, llevaba una capucha negra que cubría su rostro.

-No considero que ese sea un crimen, cualquier padre lo haría por su hijo.- intercedió mi padre con su típico discurso narcisista, estaba claro que desde mi ausencia, solo había ido en peor.

El hombre robusto e intimidante que me había torturado desde mi nacimiento, aprovechando mis miedos y puntos débiles para romperme una y otra vez ahora tan solo parecía...enfermo. Encorvado, débil, aunque mantenía una buena figura, había perdido los músculos que acostumbraba a presumir, su pelo también estaba lleno de canas y había perdido aquella melena castaña que siempre peinaba.

-Cierto, por su primogénito.- comentó mi padrino con calma absoluta, por su tono de voz, estaba harto de mi padre.

-Ahora dime, chico. ¿Cómo es que sabes todo esto?- él ignoró a los presentes lanzando una pregunta mordaz.

-Ya se lo he dicho, pagué el pasaje en uno de los barcos del ejército.

-¿Acaso quieres que me lo crea? Puede que los soldados del emperador no vengan a invadir únicamente la capital, puede que tú...- se levantó, apoyando una mano en la mesa y señalándome con otra, apuntandome con un dedo, uno de los cinco que utilizaba para cerrar la mano alrededor de mi cuello.

Su rostro enrojecido por la rabia y venas hinchadas que recorrían todo su cuello y frente, parecía un animal rabioso.

Llegué tan rápido al borde de la mesa que se cayó hacia atrás por el repentino susto, verme encarado sobre él le hizo gritar de terror por un segundo, lo suficiente para darse cuenta de cómo los hombres de la sala lo observaban escandalizados. Todos podían verme, mis colmillos habían salido y mi visión se había agudizado como la del lobo en mi interior.

-Dremont, ¿qué has querido insinuar?- el anciano a su lado increpó furioso.- Es tu hijo, puede que no lo hayas nombrado heredero pero es tu primogénito y ha vuelto a la manada, lo necesitamos.

Retrocedí al instante, ninguno de los hombres allí me culpaba, mientras que intercambiaban palabras malsonantes con mi padre, me miraban con culpabilidad.

Mi padre era lo que quedaba del antiguo linaje real, él, su esposa e hijo legítimo, mi hermano. Y por supuesto, yo. No era coincidencia que muchos de los miembros de la manada no lo siguieran a pesar de permanecer aquí, había algo que todos sabían y pocos querían admitir.

-Acompáñame a dar un paseo, hijo. Debes disculpar a tu padre, está muy estresado con el embarazo de Saera.- mi padrino rodeó la mesa hasta llegar a mí y con una mano sobre mi espalda, me guió fuera de la habitación, atravesando un pasillo de piedra por el que salimos a una enorme terraza que daba al acantilado.

Metros y metros de tierra que el bosque había destruído. Nuestro reino, convertido en escombros. Nuestros palacios, bajo la tierra.

Respiré el aire frío de la noche, había pasado un duro interrogatorio en aquella sala.

-Creeme, me alegro mucho de que hayas regresado con nosotros pero no lo comprendo.- el hombre negó la cabeza con frustración, apoyándose sobre la balaustrada.- Podrías haber seguido hacia el norte igual que el resto de los disidentes que nos abandonaron, son tierras frías pero la caza es próspera.

-No puedo, ya no.- no podía contarle nada sobre ella, aún no.

-Entonces tendremos que encontrar un lugar para tí, ¿no crees? Tu padre querrá que te ensucies las garras matando a quien considere conveniente. ¿Eres capaz de hacerlo? - asentí con la mirada perdida en una de las columnas que yacía en el fondo del precipicio.- Has cambiado tanto, Tristan.

-Vosotros sois los que más lo habéis hecho, tío.

-No, hijo. Llevas la sangre del linaje y por mucho que él quiera negarlo, se ve en tus ojos.- me miró a los ojos durante un instante y pude ver el reflejo del hombre que podría haber sido mi padre.- Dorado, Tristan. Eres nuestro último legado y pronto serás aquél que lleve la corona.

Una corona junto a ella.

El protagonista ahora se llama Tristan JAHAHA necesitaba cambiarlo.

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