Capítulo 29

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El ritmo de mi corazón se aceleró tanto como el de mis pasos para alcanzar el carro en el que las ancianas viajaban y sin apenas darme cuenta, había seguido un largo y complicado camino cuya ruta devuelta no recordaba.

Me detuve unos segundos para recuperar el aliento al escuchar como el carro se detenía tan solo unos metros de mí. Los caballos relinchaban exhaustos y me escondí tras el tronco de un árbol grueso y robusto, entre jadeos llevé una mano a mi estómago, me moría de hambre. Hacía horas que salí del castillo con el único objetivo de volver sin que advirtiese en mi ausencia y ahora perseguía a quienes no debían verme.

¿A donde se dirigían? Dudaba que aquel fuese el camino hacia el pueblo, estaba claro que su destino tampoco podía ser el castillo. Me dije a mi misma que no debería haberlo seguido.

-Irena, Irial. Os estábamos esperando.- escuche la voz de un hombre a lo lejos pero me mantuve inmóvil, si había más personas el riesgo de que me descubriesen era un mayor.- Permitidme que os ayude a bajar.

Con un impulso de valiente y curiosidad, me di la vuelta y apoyándome en el tronco, o sea que tan solo los ojos paraba poder observar los puntos entre varios árboles, las ancianas bajaron poco a poco al encuentro de un hombre de una edad similar a la de mi padre con una exuberante barba pelirroja llena de canas. Vestía con ropajes largos pero elegantes de pieles y cuero.

-Me sorprendió vuestra carta, admito que los lobos hemos sido los únicos en convocar al consejo durante décadas.- pronunció con calma, les sacaba cuatro cabezas a las ancianas.

Lobos. Casi había pasado por alto el detalle, parecía una conversación normal excepto por el hecho de que un hombre con una altura descomunal se había referido a sí mismo como un lobo. Como... él. A quien había luchado por olvidar yendo al bosque punto cuya presencia necesitaba para responder todas las preguntas que ahora tenía.

Estaba claro que las ancianas formaban parte de algo oscuro, algo que había mantenido en secreto durante mucho tiempo punto pensandorian, aunque me había prohibido salir del castillo necesitaría saber si las ancianas tramaban algo.

Respiré profundamente para calmar el martillo de mi corazón contra las costillas. Tenía que dejar espacio entre nosotras para continuar mi camino sin ser descubierta y recordándolo, no me atrevía a asomar más la cabeza hasta que los vi perderse entre la maleza.

Avancé despacio, advirtiendo como el suelo comenzaba a despejarse, las plantas sustituidas por arena húmeda y el aire cada vez más pegajoso. Había un lago, me detuve justo en la cima de una escaleras de piedra que descendían hasta la orilla de un lago gigantesco con un largo embarcadero. Sus aguas negras, el cielo gris y los árboles esmeralda que lo rodeaban eran el marco perfecto para la isla que flotaba en el centro de las aguas. Aunque pequeña, entre sus árboles se alzaba una torre de piedra imponente.

Me agaché para no ser descubierta, retrocediendo tras un árbol cuyo rugoso tronco parecía haber sido marcado con una torre idéntica a la que se alzaba frente a mí.
Mi cabeza no podía darle sentido a lo que estaba presenciando pero necesitaba armarme de fuerza.

El hombre las ayudó a montarse en una amplia barca de madera y siendo él, el último en tomar asiento, tomó los remos y se alejó del
Cuando la barca en la que viajaban las ancianas llegó a la orilla de la isla comencé mis descenso por las escaleras de piedra hacia el embarcadero frente a mí.

Varios juncos crecían alrededor de la madera, y los tablones antiguos crujieron bajo mi peso. Escuché varias ranas quejarse bajo mis pies según avanzaba, y devolví la mirada a la isla, donde los tres habían desaparecido entre la maleza.

Era mi momento. Avancé con decisión y quité el nudo que ataba la barca a un pilar de madera que descendía hasta el fondo del lago. La cuerda húmeda y fría bajo mis manos sudorosas, era más pequeña y tenía dos remos, uno a ambos lados y un tablón para sentarme en el medio.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora