Capítulo 36

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Recorrimos un largo camino desde la huida del castillo y aún no había encontrado el coraje suficiente para mirar a Tristan a la cara.

No podía olvidar la forma en la que había cerrado los ojos y me había aferrado su pecho, enganchando mis brazos alrededor de su cuello como si de un candado se tratasen. Incapaz de mirar hacia abajo soltarlo en el momento en el que sujetó mi cadera para pegarla hacia la suya y dio el salto de gracia hacia la libertad. Cómo tuve la sensación de que mi estómago echaba a volar y escapaba por mi boca y como cayó con el equilibrio de un gato. Acariciando mi cabello antes de que mis pies tocaran el suelo, podría jurar que aquel momento fue eterno.

Me había mantenido callada durante toda nuestra caminata, siguiendo sus indicaciones para atravesar el bosque con el mayor cuidado y rapidez posible. Seguía cada uno de sus pasos, apoyando los pies donde él dejaba su huella y parando cuando me lo ordenaba.

El cielo se había tornado grisáceo y las corrientes del otoño hacían que las hojas aún verdes de los árboles se agitaran para saludarnos a nuestro paso. En aquel momento atravesábamos un estrecho sendero de tierra franqueado por altos arbustos repletos de frutos rojos del mismo tamaño que las uvas más jugosas.

-¿Son comestibles?- lancé mi pregunta sin vergüenza, buscando un tema de conversación.

-No si quieres continuar nuestro camino sin expulsar todo lo que has comido en las últimas semanas.- habló mientras tomaba su espada en mano para cortar las ramas de uno de los arbustos que parecía haber crecido tanto como para bloquear nuestro paso.

-Tengo la sensación de que cuanto más avanzamos más venenosa y hostil se vuelve la vegetación, sería imposible sobrevivir en un lugar como este si los conocimientos suficientes.- reflexioné en voz alta.

Tristan pareció tensarse durante un momento, algo en mis palabras la había desagradado.

-Discúlpame, no pretendió ofenderte. Sé que este es tu hogar y yo tan solo soy una extranjera.- azorada por mi torpeza, me adelanté hasta llegar a su lado.

Alguna de las ramas rozaban con mi capa y debía levantar bien los pies para evitar tropezarme con sus raíces.

Me miró con diversión y negó suavemente con la cabeza.

-No te equivocas del todo. Cada parte de este bosque cumple con una función, nuestra responsabilidad es respetarla y comprenderla. Irás aprendiendo poco a poco.- me explicó con calma.

-Cierto es que lo estoy haciendo rápido.- comenté recordando mis anteriores excursiones.

-Cuando te encontré en la torre...- volvió a negar de nuevo coma esta vez mirando al frente.- No pensé que sería capaz de sacarte allí a tiempo. Parece ser una tarea imposible mantenerte dentro del castillo.

-A lo mejor no hubiese tenido que seguir a las ancianas de haber sido sinceras conmigo. Mi hermano me ha convertido en la señora del castillo y por ende en la señora de estas tierras. Aunque creo que ese es un asunto más complejo de lo que esperaba.- cesé mi conversación cuando llegamos a una inclinada cuesta.

Tristan se detuvo frente a mí y me tendió su mano antes de seguir con el ascenso.

-Ahora debes pisar exactamente donde lo haga yo o puedo volver a cargarte si lo deseas.- medité su propuesta mientras miraba hacia lo alto.

Era la ladera de una montaña, nunca había escalado una colina tan alta y empinada.

-Si no atravesamos esta colina a tiempo no llegaremos, voy a cargarte.- clavó una rodilla en el suelo y me dio la espalda.

A pesar de lo mortificada que me sentía no podía permitirme perder más tiempo, pues eso significaría volver al castillo con las manos vacías.

Me acerqué a él, al agacharse había dejado su cuello al descubierto y pude observar una pálida cicatriz que se originaba justo en su nuca y se escondía bajo sus ropajes. Era fina y parecía antigua más no significaba que la herida no hubiera sido terriblemente dolorosa. Me esforcé por ignorar mi curiosidad y rodeé su cuello con los brazos, una vez estaba sujeta él echó sus brazos hacia atrás para coger mis muslos, alzándome en el aire.

Sus manos eran calidas y firmes. Se alzó sin problema alguno y cuando se aseguró de que estaba sujeta, comenzó a ascender paso a paso, con cuidado y seguridad. La ladera era rocosa y la tierra parecía resbaladiza pero él continuaba subiendo sin rendirse. Cuando llegamos a la cima, apenas tuve el valor para mirar a nuestro al rededor, pues el descenso al otro lado prometía ser mucho más complicado.

-¿Estás bien, cervatilla?- habló antes de comenzar a bajar.

-Sí, tan solo... Mis hermanos solían cargarme así cuando era pequeña.- hablé con los ojos cerrados, recordando varias ocasiones en las que mis tres hermanos me habían llevado hasta mi habitación.- Me llevaban de un lado a otro corriendo y yo fingía que eran mis caballos, en ocasiones les tiraba del pelo como si se tratase de las riendas de un corcel. Mi hermano Alister lo odiaba y ni siquiera llegué a intentarlo con Mikail, no tolera que nadie toque su preciado cabello.

-Son recuerdos bonitos.- noté la vibración en su cuello al hablar con las yemas de mis dedos.

-Lo son, mis hermanos me criaron.

-¿Y tus padres?- sentí como en los músculos de su cuello se tensaban esperando mi respuesta.

-Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y apenas la recuerdo, no suelen hablar sobre ella. Las ancianas me contaron que creció en Adán Myurr, la prometieron con mi padre y se marchó con él a la corte.- pausé para abrir los ojos, casi habíamos llegado al nacimiento de la colima.- Mi padre...Tiene carácter pero intenta aparentar que todo va a la perfección, siempre está preocupado por algo.

Mi pierna derecha rozó con la empuñadura de su espada. De cerca, podía ver una gema esmeralda incrustada justo al final, su tamaño era considerable, embellecía la empuñadura dorada. Si estaba en lo cierto, cuando una sola gema de gran tamaño se engastaba al final de una empuñadura se trataba de un detalle muy especial y significativo. Era una espada de legado, impresionantemente hermosa y costosa. Tal vez más que las que mi padre encargó hacer para mis hermanos cuando cumplieron la mayoría de edad.

-¿Lo escuchas? - su pregunta me sacó de mi ensoñación y agudicé mi oído.

Agua. Era la inconfundible mediodía de la corriente de un río de aguas rápidas. Una vez Tristan me dejó en el suelo, continuamos a paso ligero atravesando el bosque, esta vez menos frondoso. Los árboles ahora estaba más distanciados y podía observar el cielo a un grisáceo que nos acompañaba en nuestro viaje. Temía que la lluvia retrasara nuestro camino.

Lo perseguí por la planicie, manteniéndome a su lado con pasos largos y meditados para no tropezar.

A lo lejos podía ver un enorme estrecho azulado que partía el bosque en dos. Nos apresuramos hasta llegar a la orilla, las aguas parecían tranquilas aunque podían esconder corrientes furiosas en la profundidad, pues era imposible ver el fondo.

Lo escuché suspirar con fuerza mientras miraba río arriba.

-¿A quién estamos esperando?- le pregunté dando la espalda al río.

Al principio pensé que me estaba ignorando, pues su mirada permanecía fija río arriba, justo detrás de mí.

-¡Nos dirigimos al Mercado de las luces!- la voz rasposa y gutural de un hombre me hizo saltar hacia Tristan, casi chocándome contra su pecho.- ¡Última parada, muchachos!

No muy lejos de nosotros se aproximaba una barca hecha con troncos de madera, grande y robusta, capaz de llevar a una veintena de personas. Sostenida por un enorme tronco en el centro, una vela de tela antigua y amarillenta y al timón, podía dividisar a un hombre que nos saludaba enérgicamente alzando los brazos.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora