Capítulo 37

309 20 0
                                        

-Subid, muchachos. Tened cuidado al pisar.- el hombre detuvo la barca frente a nosotros, echando el ancla y colocando una pasarela para que pudiéramos subir.

Tristan aseguró la pasarela sobre la elevada orilla del río, colocando un pie sobre ella para mantenerla en su sitio y su vez me tendió la mano y aunque la mía temblaba, tomé la suya sin dudarlo.

Las aguas eran más tranquilas de lo esperado y aunque la tarde ya se había cernido sobre nosotros, aún quedaba un largo recorrido por el río hasta llegar a nuestro destino.

El barquero era un hombre ya mayor, de barba larga y grisácea y rostro arrugado. Sus ropajes se veían holgados y desgastados por el tiempo, con algunas manchas y rotos cosidos.

Tristan hablaba con él en voz baja, aunque no había pedido monedas para pagar por nuestro viaje tanto de ida como de vuelta, creí escucharlo hablar sobre una petición especial.

Los ignoré, centrándome en los crujidos del barco y su vaivén en las aguas. Aunque el bosque parecía partirse en dos por el río, subía cientos de metros arriba hacia las montañas, trepando como un manto amarillo, anaranjado y verdoso. Justo en lo alto se erguían enormes montañas de piedra blanquecina que se asemejaban a gigantes dormidos entre las nubes, resguardados por un espesa capa de niebla. Guardianes centenarios que seguían el camino del río como centinelas solemnes.

-Muchos dicen que fueron palacios, otros cuentan que pudieron ser las murallas de una fortaleza incluso más grande.- explicó Tristan, apoyándose sobre la proa del barco junto a mí.

-No me extrañaría, este lugar es tan grande y recóndito que podrías esconder cualquier cosa.- me miró con los ojos muy abiertos, su brillo dorado resaltaba en el día grisáceo y parecía perdido en su propio pensamiento.- ¿Cuándo llegaremos?

-Poco después del anochecer, completaré su encargo y buscaremos un maestro de pociones. Suele haber varios en el mercado pero tan solo unos pocos son realmente buenos en su trabajo.- me explicó con seriedad mientras me observaba, no pude evitar apartar la mirada hacia el río.

-¿Qué te ha pedido a cambio?- bajé la voz, observando como el cauce del río cada vez se volvía más ancho y las aguas más serenas.

-Nada con importancia, haré una visita rápida a uno de sus amigos y retomaremos nuestra misión.- algo en mí se removió y él parecía notarlo, pues no me quitaba la vista de encima.- Te prometí que te llevaría a un sitio especial, cervatilla. No he olvidado mi promesa.

Me había dormido sin darme cuenta, mecida por el vaivén del barco, Cuando desperté, el azul grisáceo y extenuado del cielo había sido sustituido por un manto de azul real salpicado por las estrellas. Me removí inquieta en el pecho de Tristan, estaba rodeada por sus brazos, con su capa sobre nosotros para que no pasara frío alguno. Me había sentado sobre su regazo, apoyándose sobre un tablón colocado en la proa. Podía sentir el calor irradiar de su piel, escuchaba los latidos en calma de su corazón bajo mejilla y olía aquel aroma dulce y masculino que irradiaba su cuerpo.

-Ve despertando a tu amiga, muchacho. Estamos a punto de llegar.- anunció el barquero y noté el cuerpo de Tristan estirarse debajo de mí.

Dejé salir un bostezo y lo imité, tomando mi tiempo para ponerme en pie de nuevo. Me sentía tan avergonzada, algo como esto significaría mi ruina en la corte. Si mi padre o mis hermanos me vieran dormir sobre un extraño...

-Ha sido un viaje muy largo.- comenté en voz baja, apoyándome sobre el lateral de la barca para ponerme en pie.

Aún sentado, Tristan inclinó la cabeza a un lado como un cachorro.

-A lo mejor no lo suficiente, he disfrutado de la compañía.- tragué saliva, con compañía se refería a mi cuerpo sobre el suyo.

-Yo también.- maldita sea.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora