Capítulo 17

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Los eventos de aquel día transcurrieron de forma rápida y confusa. Conseguí llegar a la habitación a duras penas, la herida en mi cabeza no se volvió a abrir de milagros, sin embargo el brazo me dolía horrores. Tuve que subir un estrecho tramo de escaleras de madera que conducían a una planta más pequeña que la anterior, a través de un pasillo oscuro y estrecho se podía llegar a cuatro habitaciones, la mía era la última a la izquierda. Parecía que las paredes estaban llenas de polvo y nadie había decorado aquel lugar.

Irial abrió una puerta de hierro y madera adornada con pequeños grabadores de flores en las esquinas. Alcé la mano para tocarlos, llevaban ahí mucho tiempo.

–Adelante, mi señora.- Entré apoyándome en el hombro de Irene, me daba miedo hacerle daño.

La habitación parecía un ático. Era mucho más pequeña que la anterior, en la pared de enfrente era un ventanal de cristal sucio y polvoriento. Apenas entraban los rayos de sol a través del cristal viejo y amarillo.

En la pared a mi derecha había una cama en la que tan solo cabían dos personas apretadas la una a la otra. Sabía que no debía quejarme puesto que los criados vivían en peores condiciones pero no era lo que yo estaba acostumbrada. A mi derecha había una pequeña chimenea rodeaba por una alfombra de pelo que cubría la mitad de la habitación. En el poco espacio que quedaba en el centro habían colocado un gran baúl con todas mis pertenencias en su interior.

-Su hermano ha ordenado que debe permanecer en esta habitación hasta que demuestre que se comportará como la Señora de estas tierras.- ambas ancianas me miraron desde el marco de la puerta.- Volveremos en la noche para traerle la cena.

Irena cerró entonces la puerta de madera, sin darme tiempo a reprochar o correr hacia ellas. Me encerraron a traición en aquella pequeña estancia.

De aquel momento ya habían pasado horas pero no había perdido tiempo para escribirle una carta a Alister. Tendría que encontrar la forma de sacarla del castillo y que llegase un mensajero fiable, era todo lo que pensaba en aquellos momentos tumbada en la cama con él el brazo dolorido por intentar escribir.

La luz ya no entraba a través del cristal, puesto que la suciedad no dejaba traspasar los últimos rayos del atardecer y me había visto obligada a dejar de escribir.

Al menos en el bosque podía continuar mi camino hacia la dirección que quisiera, podría elegir el peligro al que me enfrentaría. Podría incluso volver a ver a aquel hombre, cuyo rostro apenas recordaba. Volver a sentirme a su merced, mi centro ardía de nuevo. ¿Cómo podría negarme? Le debía mi vida. Irena no sabía de lo que estaba hablando.

-¿Se puede?- alguien llamó a la puerta tres veces.

-Claro que sí, todos pueden ir y venir excepto yo.- resoplé en alto desde la cama.

-Liara, soy yo, Jana.- la pelirroja entró a la habitación sonriendo como un gato orgulloso.

Llevaba en sus manos una enorme cesta y sobre su hombro arrastraba mi capa roja. Parecía recién lavada.

-No sabes cuánto lo siento, te prometo que no quería meterte en problemas.- teníamos ya la suficiente confianza como para dirigirme a ella de forma cercana.- No sabes cuánto te lo agradezco, me tienen aquí secuestrada.

-Pf, eso es poco para como se encendió el Señor. ¡Brotaba humo de sus orejas!- se sentó a mi lado en la cama observándome preocupada.- Fue muy malo dejarte ir, las ancianitas estaban esperándote, se enteran de todo. Entonces apareció el muchacho ese contigo en los brazos como un animal, yo lo vi de lejos, ¡imponente!- no pude evitar valorarme de nuevo.- Pero pues bajó el Señor y te vio de sangre hasta los pies. Y claro, con como ibas…

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora