Irena había mandado traer una enorme bañera de cobre a mi habitación. La habían llenado con agua caliente y colocado una pequeña mesa de madera a su lado con vendajes y ungüentos.
-Permítame quitarle el vestido.- Irial intentó deshacer la parte superior.
-No, me gustaría estar sola. Se lo agradezco.- me alejé de ella hacia la chimenea.-Puede retirarse.
La escuché abandonar la habitación y cerrar la puerta firmemente. Desde el momento en el que abandoné la cocina, mi único objetivo se había convertido en tejer un plan para ir al cementerio.
Mantuve mis pensamientos ajenos a la realidad mientras me deshacía del vestido, quitando las vendas con cuidado para revelar una herida de color rosa brillante e irritado. Era sorprendente la facilidad con la que me había curado, sin embargo me había dejado la marca de una garra afilada desde mi cadera derecha hasta el ombligo. Necesitaría un remedio para la cicatriz.
El agua punzaba mi piel, haciendo que la cicatriz ardiese. Me sumergí hasta el cuello tomando un jabón con el que lavé mi cabello con suavidad, aunque mis músculos se resentían por el repentino calor podía notar como poco a poco mi espalda se relajaba y por fin podía descansar. Con otro de los jabones que habían dejado en la mesa comencé a recorrer mi cuerpo desde mi clavícula hasta mi pecho, haciendo énfasis en masajear la marca del cuello. No dolía, todo lo contrario. Cada vez que rozaba la zona me invadía una sensación de placer entre las piernas absolutamente deliciosa.
Tomé de nuevo la pastilla pequeña y redonda para acariciar la zona en círculos con extrema suavidad. Me estremecí al notar como el placer me envolvía de nuevo. Mi cuello estaba húmedo y lleno de jabón de aceite, dejé caer la pastilla en el fondo de la bañera para comenzar a masajear mi cuello con las dos manos. Cada vez que pasaba mis manos sobre la marca suave y lubricada por el jabón, más crecía la sensación de placer en mi interior. Continué el masaje bajando hasta mis pechos para apretarlos, volviendo a acariciar la marca ocasionalmente.
Casi sin darme cuenta, había llevado una de mis manos al centro de mi placer, justo entre mis piernas. ¿Qué era esto? ¿Acaso estaba enferma? ¿Qué podía hacer para que la tortuosa sensación desapareciera?
Dos golpes me sobresaltaron. Alguien llamaba a la puerta.
-¿Está usted bien, mi Señora?- no me había dado cuenta de q estaba jadeando.
Me ardía el rostro.
-¡Sí, no entre!- grité acalorada.
¿Qué me estaba pasando?
Tuve que resumir mi baño en aquel momento. Me era imposible ignorar la cálida sensación que me había provocado aquella humedad entre mis piernas. ¿Qué clase de enfermedad podría ser aquella? Claramente era culpa de la bestia.
Aún no me había desecho de aquella sensación cuando entré a la habitación de Adela para acompañarla en la cena. Irena únicamente podía alimentarla con caldo de carne y verduras del que mi dama solo podía tragar unas gotas.
Mastiqué cada bocado con sensación de culpabilidad y cuando ya había terminado, me acerqué a la ventana para ver la puerta que había encontrado por la mañana.
Asomé la cabeza entre los barrotes de hierro para divisarla mejor cuando advertí un delicioso olor con forma de humo que provenía desde debajo de la ventana. Debía haber algún tipo de salida hacia el laberinto desde la cocina por lo que tenía que aprovechar una oportunidad como esta.
Dos puertas, únicamente debía encontrar el camino al cementerio. Podría ser fácil pero necesitaría guiarme por el laberinto de alguna forma.
Mi corazón dió un vuelco con la idea que se me acababa de ocurrir, debía entrar en acción.
ESTÁS LEYENDO
Danza de Lobos
FantasyCuando estalla la guerra, Liara es enviada al castillo de su familia para mantenerse a salvo. Pero en el camino, lo imposible ocurre: es atacada por criaturas monstruosas... y salvada por algo aún peor. Un ser oscuro la reclama, un mundo desconocido...
