Capítulo 38

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-Estas perlas son del río de emeyrún, pruébatelas.- me ofreció un hermoso collar de perlas blancas.

-Es hermoso pero no me gustan mucho las perlas.- decliné su oferta para inspeccionar el resto de las joyas.

Pendientes de plata con impresionantes piedras de colores engarzadas, colgantes con cuentas de cristal que refulgían bajo las luces del mercado y destellaban como estrellas. Vi algún anillo de oro con granate, pequeñas esmeraldas e incluso ópalos del sur.

-Todas las piezas son únicas, me temo que no podría elegir una sola.- me reí con ella y me devolvió una sonrisa sincera.

-Si no te molesta contármelo, no eres de por aquí, ¿cierto? - se inclinó sobre el puesto y bajó ligeramente la voz.

-La verdad es que no, mi madre lo era, pero murió hace muchos años.- hablé con confianza, notando como su expresión cambiaba a una de arrepentimiento.- Fue cuando era pequeña, así que no pasa nada. Vine hace poco, antes de que comenzara la guerra para vivir con mis tías abuelas.

-Entiendo, es bueno que hayas vuelto con tu familia. No pretendo ofenderte pero muchos se darán cuenta que no naciste en el bosque, es importante que no te dejes intimidar, ¿de acuerdo?- asentí, agradecida por su consejo.

-Gracias, aún no sé si volveré con el resto de mi familia cuando termine la guerra. Es solo que este lugar se siente como…

-Como tu hogar.- asintió riendo.- Tal vez porque perteneces a él y aún no te has dado cuenta.

-Tal vez, aún me queda mucho por descubrir.

-Eso está bien, nuestro camino por este bosque es como una senda, podrás elegir muchos caminos pero todos te llevarán al mismo lugar si tu objetivo es el mismo.

Continué observando las joyas durante un buen rato, probándome los anillos que me mostraba y elogiando su trabajo cuando pasaban posibles clientes. La gente bailaba a nuestro alrededor, los comerciantes ambulantes nos ofrecían bebidas, comidas, tónicos y elixires de dudosos efectos.

-Espera, creo que tengo algo que puede gustarte. No suelo venderlos pero quiero que los veas.- desapareció debajo del puesto para volver a subir con una sencilla caja de madera en las manos.

En su interior, hermosas caracolas iridiscentes engarzadas en cadenas de plata. Cada caracola única, brillaba con colores verdes, rojizos y azulados, incluso violetas.

-¿Qué maravillas son? - le pregunté fascinada y ella rió con júbilo.

-No estoy segura, parecen caracolas. Las encontré incrustadas en una gran piedra cercana a un antiguo río ahora seco, deben ser muy antiguas.

Tomé una de ellas en mi mano, inclinandola y moviéndola para observar como cambiaba de color.

-He visto joyas…impresionantes. Pero nunca alguna tan única y valiosa. Si fuera tú jamás las vendería, serían mi tesoro más valioso.- intenté dejarla en la caja de nuevo pero empujó mi mano hacia mi pecho, cerrando mi puño bajo el suyo.

-Un tesoro no vale nada si no lo compartes, puedes quedártela. Estoy segura de que la próxima vez que quieras unos pendientes, vendrás a mí.- Elyndra guardó la caja de nuevo y me quedé atónita, con la caracola en la mano.- Vamos, no te quedes de piedra y date la vuelta para que te abroche la cadena de plata.

-Muchas gracias Elyndra.- le entregué la caracola y aparté mi pelo para que colocara la cadena.

Me sentía tan afortunada, hacía tanto tiempo que no recibía un regalo o sentía verdadera felicidad sin pensar en todo lo malo que sucedía a mi alrededor.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora