Capítulo 52

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Una punzada de dolor atravesó mi pecho.

No se movía. No pestañeaba.

Me giré lentamente hasta quedar frente a él. Su mano se alzó despacio y la apoyo contra el cristal, como si estuviera comprobando que aquello era real. Su expresión no era de sorpresa y era algo mucho peor que me heló la sangre.

Me giré hacia él y noté como su respiración, se volvía irregular. Apoyó una mano sobre el cristal, el vidrio vibró con el golpe.

-¿Quién? - su voz animal atravesó la barrera entre nosotros.

Negué con la cabeza, intentando mantener la calma mientras le abría. Una vez en mi alcoba y con el ventanal cerrado, advertí como su cuerpo temblaba.

Me acerqué a él y alzó sus brazos alrededor de mi cabeza sin llegar a tocarme, sus manos temblando, los músculos en su cuello tensos y las venas hinchadas. El dorado de sus ojos oscurecido.

-Te han marcado.- escupió.- Te han puesto las manos encima.

Bajé la mirada avergonzada y tragué saliva.

-¿Te duele, cervatilla? - su voz rota hizo que mis ojos volvieran a llenarse de lágrimas cuando lo miré.- ¿Quién ha sido?

Su cara era una mezcla de horror y rabia.

-Bajamos al pueblo para comprar y algunos de los vendedores no se lo tomaron bien. El carnicero...

-El carnicero.- repitió con rabia.

-No fue él.- contradije cansada.- Al menos no fue quien me hirió, no sé quién lo hizo. Pisotearon la comida que compramos.

Apenas terminé la frase, Tristan apretó la mandíbula con tanta fuerza que vi tensarse los músculos de su cuello. El fuego crepitó detrás de él, proyectando sombras salvajes sobre su rostro, y durante un segundo pensé que iba a decir algo...
pero no lo hizo.

-¿Dejaron la comida pisoteada para que la encontraras al llegar?- preguntó despacio y asentí agotada.

-El carnicero dijo que tendría que pagar veinte monedas de oro por cada kilo de carne, nos tiró las vísceras y nos rodearon. Cuando llegamos al carruaje, encontramos todo...- las lágrimas quemaban mis ojos.

-¿Cuántos? - preguntó con rabia.

-No lo sé, era una multitud.- vi como algo oscuro se asentaba en su mirada.

Caminé hasta mi cama y me dejé caer en ella, Tristan me siguió, demasiado tenso como para sentarse quedándose de pie frente a mí.

-¿ Al menos tenéis comida suficiente para los próximos días?- tuve que negar.

-Apenas quedan verduras de las que compramos.- no fue necesario añadir más.

El silencio que siguió fue espeso, irrespirable.

Tristan no respondió de inmediato. Permaneció de pie frente a mí, inmóvil, como si su cuerpo hubiera quedado suspendido entre dos decisiones irreconciliables.

Entonces lo vi.

Su pecho se expandió en una inhalación profunda, demasiado profunda. Los músculos de sus brazos se tensaron hasta que las venas se marcaron bajo la piel. Sus manos se cerraron despacio, los nudillos blanqueando.

-Os dejaron sin comida -dijo al fin.

No era una pregunta sino una afirmación.

Se arrodilló frente a mí, alzando su mano para que apoyara mi rostro sobre su palma. Apoyé el lado de mi mejilla no herida y dejé salir un suspiro tembloroso.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora