Capítulo 28

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No estaba muy segura de si era buena idea irme al bosque sin avisar a Jana primero, pero viendo su miedo racional, supe que no debía implicarla en los asuntos turbios de la duquesa. La cocina estaba vacía y varios postres recién horneados reposaban en la mesa y no pude resistirme a coger una bolsa de tela con los suficientes para pasar el día fuera.

El sol ya había salido cuando crucé al laberinto y una vez más, abrí la puerta de madera hacia el bosque, a paso ligero, sin mirar atrás y sin remordimientos.

Las gotas de la lluvia adornaban las hojas de los árboles como perlas brillantes y únicas, el sol las bañaba con su luz y por primera vez en semanas, el nudo que sentía constantemente en mi pecho se deshizo.

La paz me acompañaba con cada paso, el sendero que noches atrás me llevó hacia el cementerio ya no parecía tan estrecho. Los pájaros cantaban y las plantas parecían apoderarse de cada rincón, enredaderas de flores salvajes trepaban los árboles, arbustos llenos de bayas rojas y apetitosas.

Naturaleza indómita, pensé mientras contemplaba de lejos el cementerio. Y es que a lo lejos parecía un lugar tan solemne y tranquilo, tan distinto al lugar en el que me había aventurado aquella noche. Los rayos del sol se filtraban entre las hojas de los árboles, iluminando las lápidas. Parecía…tranquilo, un buen lugar en el que descansar y cuando entré en él, no pude evitar preguntarme si mi madre lo hubiese preferido este lugar al cementerio de los nobles en el que mi padre había insistido en enterrarla. Un lugar pulcro y fastuoso donde su familia había descansado durante generaciones junto con la de la familia real.

El musgo había devorado los nombres inscritos en las lápidas con el paso del tiempo y no me detuve a leerlos hasta que llegué al mausoleo y me agaché para observar la enredadera cuyas hojas alargadas había tomado aquella noche. En la oscuridad brillaban con una luz leve y característica pero bajo la luz del sol tan solo parecía una planta simple y ordinaria.

El sonido de la maleza crujiendo bajo los pasos de alguien me hizo levantar la cabeza para encontrarme de frente con la mirada de un animal. Tras los muros, una hermosa cierva me observaba, su cuello largo y elegante y su lomo caramelo cubierto por lunares claros. Agitó las orejas durante un segundo y continuó su camino lentamente, avanzando tras el cementerio. La perdí de vista entre los árboles y avancé con precaución. Podría seguirla.

Escalé el muro impulsándome con ambos brazos hacia arriba y me dejé caer con ambos pies, aterrizando con las rodillas dobladas y los pies firmes. Los consejos de mis hermanos eran realmente útiles. La seguí a paso ligero, recortando la distancia entre nosotras aunque ya no había un camino de piedra sino una senda entre los árboles cubierta de plantas que parecían querer engancharse en mi vestido.

Volví a verla a lo lejos, se había detenido para olfatear el suelo a su lado. Sin pensarlo demasiado y con la avaricia propia de una niña pequeña seguí caminando hacia ella lentamente mientras buscaba uno de los dulces que tenía en mi bolsa.

-Ven, preciosa.- saqué la mano del bolso y extendí mi brazo, entregando mi ofrenda.

Ella, giró su cuello hacia mí, claramente interesada en mi propuesta. Paso a paso cerró la distancia entre nosotras, su ojos oscuros parecían curiosos y llenos de perspicacia cuando acercó su hocico al pastel y eché mis dedos hacia atrás, temiendo ser mordida. Se detuvo un segundo para mirarme y como si hubiera leído mis pensamientos, tomó el dulce en su boca y se lo comió con tan solo dos bocados.

-¿Te gusta?- sonreí con el corazón lleno de felicidad.

Ella se relamió e inclinó el cuello hacia mí. Algo me decía que no había tenido suficiente. Introduje la mano en la bolsa de nuevo y volví a entregarle un dulce que devoró con ansia una vez más.

Danza de LobosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora