Capítulo 11. la Ley de Murphy

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La semana siguiente parecía que no estaba de parte de Martin y Juanjo. Como dice la Ley de Murphy: "si algo puede salir mal, saldrá mal" y eso es lo que les pasó a ambos chicos. Cuanto más deseaban verse, más lejos estaban el uno del otro.

Como todos los lunes, Juanjo esperó pacientemente en su cabina a escuchar la suave melodía del violín de Martin. Los minutos pasaban y el maño no sabía qué más hacer. Movía compulsivamente sus pies, jugueteando con el pedal del piano. No era capaz de concentrarse en la partitura que tenía delante de sus ojos y eso le iba a causar una buena reprimenda de su profesor.

Solo escuchaba de fondo niños pequeños con sus violines desafinados, gritos de alumnos corriendo por los pasillos y algún instrumento de viento ensayando con el resto de la banda, pero ni rastro de la pieza de Bach de Martin. Frustrado decidió sacar el móvil del bolsillo y escribirle. No habían hablado desde el miércoles por la noche, pero no fue porque ninguno de los dos tuviera ganas de hacerlo. Otra cosa es que alguno se hubiera atrevido a dar el paso, no hasta ahora.

Desbloqueó el teléfono y entró directo a su chat, ignorando el resto de conversaciones pendientes.

"Juanjo: hoy no hay Bach? 😭" 17:16

Tiró el teléfono al fondo de su mochila, sintiéndose ridículo por lo que acababa de hacer. Dio un par de inhalaciones y se prometió a sí mismo concentrarse hasta las 18:00. Tenía que estudiar o su profesor iba a mandarle a casa con las orejas rojas.

En otra zona de la ciudad, Martin cantaba el cumpleaños feliz a su padre, mientras este sujetaba un pastel con una vela de cumpleaños en forma de interrogación. Su aita siempre decía que no quería seguir cumpliendo años, por lo que Martin se lo tomó al pie de la letra, causando la risa del mismo en cuanto tuvo el pastel delante de su cara con la vela color plata brillando.

Aplaudió contento mientras posaba el pastel sobre la mesa. 

-Voy a por un cuchillo para partir un trocito - dijo Martin - te quiero - se acercó a darle un beso en la mejilla.

-Y yo a ti más, cariño - contestó su padre, tomando asiento en el sofá.

Martin entró en la cocina dispuesto a coger un par de platos y cubiertos para poder disfrutar de la suculenta tarta, cuando notó su teléfono vibrar en el bolsillo del pantalón. Posó la cubertería en la encimera y sacó el móvil, encontrándose con el mensaje de Juanjo.

Sonrió y guardó el teléfono en el bolsillo, volviendo al salón con su padre. Acto seguido, hizo una foto a la tarta y escribió a Juanjo.

"Martin: [inserta foto de la tarta] estoy celebrando el cumpleaños de mi aita 💐" 17:20

"Martin: echabas de menos mis impertinencias, Juanjito? 😉" 17:20

Cuando bloqueó el teléfono se encontró con la mirada inquisitiva de su padre. Tenía una sonrisa bobalicona que nadie podría borrar y tampoco hacer pasar desapercibida. Su aita le conocía lo suficiente como para saber que algo nuevo sucedía en la vida de su hijo.

-¿Y esa cara Martintxo? - preguntó manchándole de chocolate la punta de la nariz, como hacían siempre.

-No sé de qué me hablas - dijo haciéndose el interesante,  mientras cogía un trozo de pastel.

-¿Ahora existen secretos entro nosotros?- expresó llevándose las manos al pecho en señal de ofensa - he perdido a mi hijo favorito - fingió llorando.

-¡Si solo tienes un hijo!- rió Martin.

-¿Y de qué me sirve si no me quiere nada?

-¿Cómo que no? - preguntó Martin, mientras se levantaba de su sitio para tirarse encima de él.

CONTRA LAS CUERDASHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora