Capítulo 33. nochevieja

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Era 31 de diciembre. El último día del año. Ese día en el que siempre hacemos promesas vacías sobre cosas en las que queremos mejorar o cambiar en nuestra vida. También hacemos una lista de propósitos que acaban en la basura de las acciones incumplidas al hacer el balance al final del año. ¿Pero a quién le importa finalmente cuando te estás comiendo las doce uvas rodeado de familia o amigos? Y mucho menos cuando te bebes hasta el último cubata de la fiesta.

La gente siempre pide lo típico: amor, salud y dinero. Martin y Juanjo no se pueden quejar este año. Para el vasco no había sido su mejor año pero la forma de acabar le valía la pena por todos los meses de verano entre lágrimas y sollozos. Había encontrado una persona que le entendía y le apoyaba.

Ahora tenía a Juanjo a escasos centímetros, tocando el teclado que tenía en su cuarto en la casa de su padre. Eran las once de la mañana y habían quedado para pasar la mañana juntos. Daba igual el pretexto, tocar juntos o simplemente remolonear en la cama dándose caricias. Llevaban haciéndolo casi todas las vacaciones. También iban a la biblioteca para estudiar con Almudena y Álex. 

Por lo que se refiere a amor podemos comprobar que iban bien servidos, tanto por parte de sus amigos, familia como de entre ellos mismos. El dinero, por su parte, no faltaba. Sus familias mantenían sus trabajos intactos, lo que les permitía vivir con soltura en estos tiempos tan difíciles para muchos. La salud también reinaba en su familia sin sustos de allegados que hubieran requerido hospitalización. Se podía decir que en un balance global ambos estaban contentos y no podían quejarse.

Martin estaba tumbado en su cama viendo cómo Juanjo ensayaba el Nocturno Nº4 de Chopin. Era una obra bastante complicada y que requería de todo su esfuerzo. Llevaban todas las vacaciones ensayándola juntos y para el último día del año, el maño había mejorado sustancialmente.

Se permitió deleitarse con la figura del maño. Estaba tan concentrado en la partitura que ni siquiera se había dado cuenta de la sonrisa de bobo que Martin tenía en su cara. Era imposible negar que cada día estaba más pillado de ese chico de metro ochenta. ¿Quién se lo diría al Martin de hacía apenas unos años que se perdía en los locales de Berlín entre los labios de diferentes músicos cada noche? Nada de sentimientos decía. No quiero saber nada de ti después de esta noche repetía una vez detrás de otra cuando salía del baño de cualquier local oscuro. Igual lo que fallaba era que nadie había sido capaz de entender su mente y hacer el click que necesitaba justo cuando estaba a punto de caerse en el más profundo abismo.

 El vasco no sabía que era lo que más le gustaba de Juanjo, ¿quizá su sonrisa imborrable? ¿o tal vez sus ojos grandes y su mirada dulce cargada de sentimiento? Lo que tenía claro era que sus mejillas siempre sonrojadas eran su mayor debilidad. Le encantaba tumbarse junto a él y acariciarlas durante horas, con miedo a que en algún momento ese tono rojizo desapareciera. Repasó su rostro con detenimiento. Recreándose en sus cejas, su nariz característica, ese lunar debajo del ojo, las largas pestañas que revoloteaban a 100 km/h y esos labios ahora fruncidos fruto de la concentración. No pudo aguantarse y se levantó de la cama con cuidado de no desconcentrarle, abrazando el cuerpo del maño por detrás y apoyando su cabeza en el hueco entre el cuello y el hombro. 

El maño al principio se sobresaltó, estaba demasiado metido en la partitura. Cuando Martin comenzó a dejar delicados besos sobre su cuello subiendo hasta la parte posterior del lóbulo de la oreja, sintió como sus hombros se destensaban. La partitura comenzó a salir rodada y soltó una suave risa girando el cuello, permitiendo al vasco un mejor acceso a su cuello.

Cuando terminó de tocar tardó unos segundos en recomponerse. Jamás había sentido una conexión igual con una persona. La corriente eléctrica que recorrió su espina dorsal traspasó su cuerpo hasta llegar al abdomen de Martin. Era asombrosa su compenetración. Permanecieron un rato más así, en silencio y con los ojos cerrados. El vasco aferrado al abdomen de Juanjo mientras el moreno había echado la cabeza hacia atrás para sentir mejor el cuerpo del vasco.

CONTRA LAS CUERDASHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora