Capítulo 41. la audición de Juanjo

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La alarma sonó a una inusual hora, las ocho de la mañana. Esta despertó a Juanjo del sueño profundo en el que estaba sumido. Le había costado conciliar el sueño después de pasar varias noches durmiendo pegado al vasco, todo ello sumado a los nervios previos. Era martes 2 de abril, el día de la audición. Pero no cualquier audición. Su última audición en el conservatorio que lo vio crecer. Era innegable las ganas inmensas de llorar que se acumulaban en sus ojos solo de pensarlo. Sus mejores recuerdos estaban grabados en esas cuatro paredes. Sus primeros besos, su primera amistad, su primer concierto solo y su Martin. Ese edificio le había dado los mejores recuerdos de su infancia y adolescencia. También los peores, pero Juanjo prefería olvidarlos. Sabía que aún quedaba el viaje de fin de curso, el concierto final y la graduación, pero aún así era imposible negar la nostalgia anticipadora que se había sembrado en su pecho. 

Había pasado bastantes horas tratando de tranquilizarse y explicándose a sí mismo que la vida era eso, etapas que vamos alcanzando y superando, dejando paso a nuevas sensaciones. Con suerte no iba a ser la última audición de su vida.

Casi como una señal del destino, el profesor de historia del instituto había decidido cancelar la clase por motivos personales. Acción que permitió al maño remolonear una hora más en la cama, acostumbrado a empezar su rutina diaria a las siete de la mañana.

El maño tardó unos segundos en reaccionar y levantarse de la cama tras apagar la alarma. Levantó la persiana con parsimonia dejando entrar los primeros rayos de luz de la primavera. El cielo estaba algo gris pero no iba a permitir que ese tiempo tan inestable desestabilizara los cimientos que había creado en torno al día de hoy. Tenía que bordar la audición.

Se movió con tranquilidad hacia la cocina, su padre y su hermana se habían marchado ya a sus respectivos lugares de trabajo y estudio hacía un buen rato. Solo permanecía su madre en el domicilio.Lo supo en cuanto escucho el ruido habitual de sartenes y cazuelas a través de la puerta de la cocina, a medida que se acercaba a ella por el pasillo.

Juanjo entró en silenció, buscando entre las estanterías una taza para hacerse un café y unas tostadas.

-¿Ya ni buenos días?-preguntó su madre divertida mientras no paraba de mover el sofrito en su sartén.

-Buenos días-respondió Juanjo dejando un beso en su mejilla- perdón, es que voy agotado por la vida.

-Normal, cielo- expresó acariciando su mejilla- ¿cómo llevas los exámenes?

-Bien, ya he acabado todo, ahora es solo estudiar y estudiar- Juanjo posó su taza de café en la mesa y tomó asiento frente a su madre que había apagado el fuego para compartir unos minutos con su hijo.

-Hacía mucho que no desayunábamos juntos- explicó su madre con un tono de tristeza en su voz.

A Juanjo se le estrujó el corazón. Su madre siempre había sido una de las personas más importantes de su vida. Era cierto que últimamente pasaba más tiempo con el vasco, como era normal, pero esa explicación no le hizo sentirse bien del todo, dejando un sentimiento difícil de asimilar asentarse en su pecho.

-He hecho amigos nuevos, mamá- explicó en un arrojo de valentía tras dar el primer mordisco a su tostada de pavo.

La mirada de su madre se iluminó con un brillo especial. Ángela siempre supo cuanto le costó a su hijo hacer nuevas amistades en la infancia, sintiéndose irremediablemente feliz con la confesión y que se hubiera sentido seguro para confiarle algo de su vida personal, pues últimamente estaban más distantes.

-¿Y puedo saber quiénes son? -preguntó curiosa removiendo la taza de café.

Juanjo sintió ruborizarse hasta las orejas y dio un largo trago de su café para tratar de calmar los nervios que se asentaban en su pecho. Después de unos segundos, respiró profundo y retomó la conversación de nuevo.

CONTRA LAS CUERDASHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora